Apenas Melisa entró a la casa, lo primero que vio fue a Enrique, el asistente de Mateo.
En cuanto la vio bien, el hombre soltó el aire, aliviado. Se levantó, cargando un maletín.
—Señorita, ¿está bien? ¿No le pasó nada? ¿Trae dinero todavía?
—Sí —respondió Melisa—. ¿Por qué?
Enrique explicó:
—El jefe tenía miedo de que no se la pasara a gusto y me pidió preparar quinientos millones de pesos para que usted apostara… pero el señor Soto no me dejó llevarlos al casino. Se fue él solo a buscarla. Yo me quedé aquí esperándola.
La mirada de Melisa se suavizó.
—Gracias. Voy a decirle a Mateo que te suba el bono de fin de año.
A Enrique se le iluminó la cara.
—Gracias, señorita. Entonces no la molesto más. Me retiro.
Lo del asesinato de “Pantera Negra” no tardó en llegarle a oídos al vicealcalde.
El hombre estaba en un pasadizo oculto dentro de su casa cuando le marcó a Hugo. Hablaba con pánico:
—A ver, dime: ¿de dónde sacaste esas armas? ¿A qué barco le metiste mano?
Hugo estaba en un reservado de bar.
—Ya te dije: fue un accidente. Nos equivocamos de barco. Yo pensé que ahí venía el equipo médico de Europa del Este… ¿y qué iba a saber que era un cargamento de armas? Además, era pura mercancía de un taller pedorro, no es la gran cosa. Tú llevas rato moviéndome producto y no ha pasado nada, ¿o sí?
El vicealcalde le contestó, con la voz dura:
—Mataron a Pantera Negra. Y el cargamento que se negoció anoche en el casino desapareció completo. A los que participaron los callaron para siempre. No sé cuánto haya soltado él sobre ti. Si no quieres arrastrarme contigo, más te vale decirme todo, sin guardarte nada.
Hasta entonces Hugo entendió el tamaño del problema.


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