Duraznito apretó el puño fuera de cámara una y otra vez. Al final, dudosa, prendió el micrófono.
—Sí… le atinaste. Mis labios ya ni color tienen y por eso uso labial oscuro. ¿Entonces sí sabes qué tratamiento me toca?
—Es una estomatitis por herpes con anemia leve. No es grave.
Melisa tomó una nota adhesiva.
—Te apunto: pomada de aciclovir, y complejo de vitaminas B por vía oral. Nada picoso y duerme bien.
El chat estalló.
[No manches, sí le supo. ¡Hasta medicamento dio!]
[Espérate, ese esquema sí es el estándar.]
[Es el tratamiento correcto.]
Duraznito se mordió el labio, insegura.
—¿Y… y mi insomnio…?
—Antes de dormir, leche tibia con una cucharada de miel —la cortó Melisa—. Y ya no le sigas con pastillas para dormir. Con esa cara, ni la base te tapa lo mal que estás. Tus pruebas del hígado seguro ya salieron mal. Si sigues así, te vas a acabar la salud.
Eso terminó por derrumbarla. A Duraznito se le salieron las lágrimas.
—¿Cómo sabes que estoy tomando pastillas? Aquí ni cita consigo… yo solo…
El en vivo se quedó en silencio unos segundos. Luego el chat se fue encima.
[Ya quedó. Le atinó a todo.]
[Apunta el tratamiento.]
Con el efecto llenando toda la pantalla, apareció un niño de unos siete u ocho años. Tenía los ojos negros, limpios, y una expresión entre inocente y confundida.
[¿Qué? ¿El que mandó yates es un niño?]
[¿Y sus papás lo dejan ver esto?]
[Ese nombre de usuario… seguro agarró la cuenta del papá.]
El niño podía leer el chat. Habló muy educado:
—Tengo siete años. Oiga, ¿qué hago si me duele mucho el cuerpo?
A la gente en el en vivo se le hizo un nudo en el estómago.
Los dedos de Melisa también se quedaron quietos un instante. Alzó un poco la mirada.

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