Para reactivar el hospital, Melisa tuvo que ir y venir a varios lados. Nunca había hecho esos trámites: requisitos, permisos, papeles… un enredo. Por suerte, unos señores del complejo militar, al enterarse, movieron contactos para facilitarle el camino.
El apoyo más fuerte fue el que consiguió Gilberto Villanueva al llamar a Dani.
—Mi aprendiz va a abrir un hospital grande. Usted sabe mejor que nadie cómo trabaja, coronel Soto. Ahorita que llegue, écheme la mano: muévase con los de arriba.
Dani estaba en la oficina de Gilberto. Sus dedos largos golpeaban suavemente el escritorio; su mirada parecía estar calculando algo.
—Doctor Villanueva, usted sabe que no me meto en asuntos civiles.
Gilberto se desesperó.
—¡Pero esto es distinto! El Médico Milagroso va a reabrir el Hospital San Rafael. ¡Eso es para ayudar a la gente!
Dani alzó la mirada, con un brillo divertido.
—¿Ella vino a pedírmelo personalmente?
Gilberto se quedó sin respuesta.
—Es terca… seguro no lo va a pedir.
En eso tocaron la puerta con suavidad. Melisa entró cargando una carpeta gruesa. Al ver a Dani, se detuvo un momento.
—No sabía que estabas aquí.
Gilberto se levantó de inmediato.
—¡Qué bueno que llegaste! El coronel Soto justo decía que te iba a ayudar…
—¡Doctor Villanueva! —Dani lo frenó con una mirada, y luego se volvió hacia Melisa—. Escuché que vas a reabrir el Hospital San Rafael.
Melisa asintió y dejó los papeles sobre el escritorio.
—Ya casi está todo, pero lo de la certificación…

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