—Ajá —respondió Melisa.
Miró el reloj: ya casi era hora de levantarse para irse con Dani a la zona militar.
Se dio una arreglada rápida, se puso bloqueador y, al ver el solazo de afuera, decidió no maquillarse. Luego fue a la pila de ropa nueva y sacó unos shorts de mezclilla y una blusa blanca de tejido; se los puso.
Después, de los accesorios que venían a juego, encontró unos lentes de sol y se los colgó del escote. Ya lista, recordó las llaves del carro en el buró. Se acercó a ver y descubrió que, dentro de un cuenco decorativo de porcelana, había cinco llaves. Con sólo ver el diseño de las llaves, Melisa supo que esos autos valían una fortuna.
Pero no tenía tiempo de ponerse a revisar regalos. El carro de Dani ya había llegado abajo; se colgó la bolsa al hombro y salió.
Ese día Dani iba en un vehículo militar oficial, incluso con placas especiales. Era el mismo carro que Yori había visto la noche anterior, cuando Renato regresó tarde manejándolo.
En los últimos días, los Soto también la habían tratado muy bien: el mayordomo le asignó un carro para llevarla y traerla de la escuela, le prepararon uniforme nuevo y útiles, todo de marcas caras. Después de haber pasado su primer día aislada porque la llamaban “pueblerina”, de pronto se convirtió en alguien a quien todos envidiaban.
Yori fingió que no podía dormir y salió de su cuarto. “Casualmente” se topó con Renato y dijo, como quien no quiere la cosa:
—Renato, ¿apenas vienes llegando? ¿Y el señor Soto? Ya tiene varios días que no vuelve.
—El coronel hoy sí se queda en la casa —dijo Renato, mirándola. Sabía que la niña tenía una historia triste, así que suavizó la voz—. ¿Tú por qué no estás dormida?
—No puedo dormir… creo que todavía no me acostumbro a la nueva escuela.
Yori miró el carro con curiosidad.
—Nunca había visto uno así. Hasta la placa es distinta.
Renato explicó:
—Es el vehículo asignado para cuando el coronel va a la zona militar.


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