Cada vez se juntaba más gente a mirar. A Yori se le subió el color a la cara. Se apoyó con ambas manos y se levantó despacio.
—Yo… yo solo quería ganar algo por mi cuenta. No quería estarte molestando por todo.
Al ver su cara de “yo no fui”, varios empezaron a reclamarle al dueño por insensible.
El dueño no se dejó.
—¡Esta chamaca llegó hace una hora! Me rogó y me rogó. Me dio lástima y la puse a llevar platos y pedidos. ¿Y qué hizo? ¡Tiró la comida de dos mesas! Y todavía se puso al brinco diciendo que le di demasiadas cosas.
Escupió al lado, con desprecio.
—Si estás medio inválida, no salgas a buscar chamba. Con una familia tan rica, quédate en tu casa, sé “heredera” y ya. ¿A quién quieres engañar con eso de andar de pobre? Y luego me vienen a echar la culpa a mí, por buena gente.
Yori lloraba en silencio y no dejaba de agachar la cabeza mientras pedía perdón, completamente avergonzada.
A Dani le empezó a doler la cabeza. Sacó todo el efectivo de su cartera y se lo extendió al dueño.
—¿Con esto alcanza?
El dueño solo tomó unos billetes, lo justo.
—No te voy a sacar más. Con que pagues lo de las dos mesas, ya. Y llévate a tu acompañante. Qué mala suerte trae.
Cuando por fin la gente se dispersó, Dani le hizo una seña a Yori para que lo siguiera. Los tres salieron del mercado.
Yori volvió a agachar la cabeza, suplicante.
—Perdón… no quise arruinarlo. Fue mi culpa. Señor Soto, no se enoje.
—Tu prioridad es estudiar, no andar trabajando —la regañó Dani, con el ceño fruncido—. ¿Ya tienes 18 y todavía no sabes qué es lo importante?
—Yo solo…
—Ya te lo dije: que los Soto mantengan a tu mamá y a ti es como si ni se notara —soltó Dani, sin expresión—. A nadie le importa.
Esas palabras la dejaron pálida.
—Ya bájale —intervino Melisa, con la pastilla de menta en la boca—. Yo me tengo que regresar a hacer un reporte.
Yori se dio cuenta: el hombre famoso, el temido, de verdad se calló por una sola frase de esa chica. Incluso le abrió la puerta del copiloto para que se subiera adelante.
Melisa ni se hizo del rogar: se inclinó y se sentó.
Yori no pudo evitar recordar que Dani se había levantado temprano y hasta había llevado desayuno. Así que era para ella…
Decían que esa chica también era heredera de una familia riquísima. Yori sabía que jamás podría competir con eso. Lo único que tenía era la promesa que el viejo Soto les había hecho.
En el asiento trasero, Yori se quedó callada un buen rato y luego preguntó bajito:
—Señor Soto… ¿ella quién es?
Melisa se presentó sola.

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