Mientras tanto, en la delegación, Melisa y los veteranos se encontraron frente a frente al bajar de las patrullas. Detrás de ellos, las cámaras de los reporteros no dejaban de grabar ni un solo segundo.
El hombre de la cicatriz miró a Melisa, sintiéndose culpable por haberla arrastrado a eso.
—Perdón, nos ganó el coraje y terminamos embarrándola.
Melisa negó con la cabeza.
—No fue culpa de ustedes. Tenían todo el derecho a defenderse, fui yo quien no supo manejar la situación.
Cerca de ellos, el grupo de candidatos rechazados que había provocado el alboroto estaba amontonado, murmurando entre ellos. Todos rodeaban a un hombre en particular.
Una vez adentro, mientras esperaban, Melisa notó que un oficial se acercó a ese mismo hombre con un vaso de café y le habló con mucha familiaridad.
—Qué mala pata que te tocara esto, pero menos mal que tu tío es nuestro jefe. —El oficial se inclinó y le susurró al oído—: El jefe ya nos dio la orden, tú no te apures, esto se arregla porque se arregla.
El hombre sonrió con arrogancia y lanzó una mirada altanera hacia donde estaba Melisa.
—No es que yo necesite a fuerzas ese trabajo, solo quiero que se haga justicia. Estoy alzando la voz por todos los que han sufrido este tipo de abusos.
—Claro, claro, te entiendo perfecto. Tómate el café, y en cuanto terminemos con esto nos vamos a dar una vuelta.
—Órale.
Melisa, al escuchar todo, buscó en su memoria la cara del sujeto y la conectó con uno de los currículos que había mandado a la basura. Giró el rostro y soltó una carcajada llena de desprecio.
—Bueno, ya, acompáñeme a la sala de interrogatorios —le ordenó otro policía a Melisa, golpeando la mesa frente a ella—. Arriba.
***
La luz de la sala de interrogatorios era pálida y fría.
Melisa estaba sentada en una silla de metal, frente a dos oficiales de aspecto severo. Uno de ellos golpeó la mesa, hablando con tono agresivo.
—Melisa, ¿verdad? Ya había escuchado un par de chismes tuyos, pero jamás pensé que te diera por abrir un hospital. Más te vale que hables claro. ¿Están usando a esos veteranos lisiados para robarse los apoyos del gobierno, sí o no?
Melisa levantó la mirada y respondió con total calma:
—Puras suposiciones. ¿Dónde están las pruebas?
El policía soltó una risa sarcástica y aventó un expediente sobre la mesa.
—En nuestros archivos consta que, efectivamente, son veteranos, pero en los últimos años han trabajado en puros oficios mediocres. Ninguno ha ejercido como médico y todos reciben asistencia social. A ver, explícame: ¿cómo alguien así puede tener ética profesional médica? ¿Cómo garantizas la seguridad de los pacientes? Además, nos enteramos de que les estás ofreciendo un salario treinta por ciento mayor al de un médico promedio. Es obvio que hay gato encerrado.
—Son médicos militares de combate —pronunció Melisa, marcando cada sílaba, decidida a defender a los veteranos a capa y espada—. Retirados de la Flota del Atlántico. Han salvado más vidas de las que ustedes jamás verán. Los registros que tienen aquí son solo de su vida como civiles; la Marina tiene su historial médico completo. Y para que lo sepan, no los íbamos a contratar nada más así, claro que iban a pasar por una evaluación. Ustedes fueron los que llegaron golpeando a lo güey sin investigar nada. La culpa no es de nosotros, y ellos no hicieron nada malo.
—¿Ah, sí? ¿"Médicos militares de combate"? —se burló el oficial, empeñado en acorralarla—. ¿En qué siglo vives? ¿Estamos en guerra o qué? Si no tienen título, no tienen título. ¡No me vengas con excusas de sus "hazañas de guerra"!
Melisa ya sabía que el hombre del café y estos policías estaban coludidos. Sabía que no recibiría un trato justo, sin importar lo que dijera.
Se recargó en la silla, con expresión impasible.

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