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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 257

Los demás candidatos estallaron en quejas. Una chava de lentes gritó con voz chillona:

—¡Nosotros somos estudiantes destacados, graduados de escuelas de medicina prestigiosas! ¡Somos mil veces mejores que esa bola de lisiados!

—¡Exacto! —le hizo segunda un muchacho bastante fornido—. Si ni siquiera tienen las manos completas, ¿cómo van a agarrar un bisturí? ¿Van a operar con la boca o qué?

La mirada de Melisa se endureció de inmediato. Se levantó despacio, apoyó las manos sobre el escritorio y articuló cada palabra con claridad:

—Esos «lisiados» de los que hablan estaban salvando vidas en el campo de batalla mientras ustedes todavía estaban en el salón de clases memorizando libritos.

Nicolás soltó una carcajada burlona.

—¡Ay, por favor! ¡Bájale a tu teatrito de santurrona! Ya te investigamos. ¡Abriste este hospital a base de puros contactos! Y ahora contratas a estos tullidos porque quieres estafar al gobierno para cobrar los subsidios, ¿a poco no?

—¿Ah, sí? —Melisa arqueó una ceja—. ¿Y todo este pancho que están haciendo es porque quieren usar sus contactos para entrar a mi hospital?

—¡Tú...! —Nicolás estaba temblando de coraje. Su fachada de niño bien se vino abajo por completo y le gritó—: ¡No abuses de mi paciencia! Mi tío es el...

Se mordió la lengua justo a tiempo y se tragó las palabras de «comandante de la policía».

Pero Melisa ya se lo imaginaba, así que terminó la frase por él:

—Tu tío es el comandante de esta delegación. ¿Y por eso estás usando tu palanca para amenazar a la gente?

La tensión en la sala de mediación se podía cortar con un cuchillo. La cara de Nicolás se descompuso y masculló entre dientes:

—¡Va, perfecto! Ya que te pones en ese plan, ¡luego no te quejes cuando nos vayamos por las malas!

Volteó a ver al oficial que estaba a un lado:

—Oficial, ya lo vio. ¡Esta tipa no quiere cooperar! ¡A las estafadoras como ella deberían meterlas directo a la cárcel!

El policía suspiró, haciéndose el mártir:

—Señorita Serrano, le voy a dar una última oportunidad. Si sigue de necia, cuando la junta reguladora y la policía intervengan...

Melisa se enderezó y lo interrumpió de tajo. Clavó la mirada en Nicolás y le soltó:

—Dices que tienes mucha preparación, pero revisé tu tesis de maestría y tiene un nivel de plagio del cuarenta y dos por ciento.

Su voz fue precisa y demoledora, y dejó al descubierto la farsa de Nicolás.

—Además, en tu currículum presumes una «experiencia de internado en un hospital de primer nivel», cuando en realidad fuiste guía de pacientes en la recepción durante tres meses.

—Tú... ¿cómo carajos...? —Nicolás se puso pálido como el papel. Le temblaban los labios, pero no pudo articular ninguna defensa.

—Y bien... —Melisa se puso de pie, mirándolos desde arriba con superioridad—. ¿Todavía creen que merecen un puesto en mi hospital?

Nicolás, ardiendo en cólera por la humillación, se levantó de golpe y la señaló:

—¡E-eso es mentira! ¡Te voy a demandar por difamación!

El policía también se puso del lado de Nicolás y amenazó a Melisa:

—No le busques tres pies al gato, señorita. Se lo advertimos por las buenas.

Nicolás intentó tragarse el coraje y le escupió con rabia:

—¿Crees que por tener tantito dinero y abrir un hospital ya eres intocable? En esta ciudad lo que pesa no es la lana, ¡sino el poder! Te puedo refundir en la cárcel toda la vida si quiero.

En cuanto Nicolás terminó de hablar, la puerta de la sala se abrió de un golpe brutal, provocando un estruendo.

—¿Ah, sí? —una voz profunda y autoritaria resonó desde la entrada—. Me gustaría ver quién es el valiente que se atreve a refundirla en la cárcel.

Todos voltearon y vieron entrar a paso firme a un hombre imponente, vestido con uniforme militar y las estrellas de mando en los hombros. Venía escoltado por un equipo de fuerzas especiales armado hasta los dientes.

Su sola presencia hizo que la temperatura en la sala pareciera caer diez grados.

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