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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 258

—¡¿C-Coronel Soto?! —El policía, que hace unos segundos se sentía el dueño del lugar, palideció al instante y las piernas le empezaron a temblar sin control.

Aquel hombre, una figura que normalmente solo aparecía en los noticieros militares como el comandante supremo de la Marina, paseó su mirada afilada por cada uno de los presentes. Cuando por fin la miró a Melisa, su expresión cambió por completo.

—¿Te molestaron? —le preguntó.

—Sí —asintió Melisa, aprovechando la oportunidad—. Me traen de bajada.

Por el otro lado, Nicolás y su grupo de desempleados estaban petrificados. Al ver las insignias en el uniforme de Dani y a los soldados de élite detrás de él, se quedaron helados.

Aun así, detrás de Nicolás todavía quedaba algún incauto con ínfulas de valiente que alzó la voz:

—¿Y qué si es militar? ¡¿A poco por eso va a solapar a una estafadora?!

—¡Exacto! ¿Los militares también se prestan para estas cosas? —comenzaron a murmurar los demás.

En ese momento, se escuchó un alboroto en la entrada de la comandancia.

El Ministro de Justicia, Ignacio Palacios, entró a paso veloz escoltado por un grupo de policías ministeriales. Llevaba una expresión aterradora.

—¡¿Quién les dio permiso de arrestar a la gente a lo puro pendejo sin investigar bien los hechos?!

—¡S-Señor Palacios!

El Comandante Augusto salió corriendo de su oficina, sudando a chorros. Desde que recibió la llamada hasta este momento, seguía sin procesar nada. Se suponía que solo le estaba haciendo un pequeño favor a su sobrino, ¡¿cómo diablos terminó involucrándose la familia Núñez en esto?!

—¡Señor Ministro, le juro que esto es un malentendido! ¡Mis hombres jamás harían un arresto injustificado!

—¿Y todavía tienes el descaro de decirme que quiere estafar subsidios? Si pudo soltar dos mil millones de pesos para comprar el hospital en efectivo, ¿crees que le importan las migajas del gobierno? —Ignacio abrió la puerta de su camioneta y le dio la orden final—: Súbete de una vez.

Para este punto, el Comandante Augusto ya se veía más muerto que vivo.

Justo cuando la patrulla en la que lo llevaban se acercaba a la entrada principal de la delegación, Augusto vio una flotilla de vehículos militares con placas especiales bloqueando el acceso. Sintió que le daban un vuelco al corazón.

—¿También vinieron los de la base militar? ¡¿Cómo es que se involucró tanta gente pesada?!

El comandante no lograba entender cómo se había salido todo de control. Con cada paso que daba hacia el interior de la comisaría, sentía las piernas más de trapo.

Al ver a varios soldados de élite custodiando la sala de mediación, su respiración se agitó.

—Señor Palacios... ¿quién es el que vino?

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