—¡¿C-Coronel Soto?! —El policía, que hace unos segundos se sentía el dueño del lugar, palideció al instante y las piernas le empezaron a temblar sin control.
Aquel hombre, una figura que normalmente solo aparecía en los noticieros militares como el comandante supremo de la Marina, paseó su mirada afilada por cada uno de los presentes. Cuando por fin la miró a Melisa, su expresión cambió por completo.
—¿Te molestaron? —le preguntó.
—Sí —asintió Melisa, aprovechando la oportunidad—. Me traen de bajada.
Por el otro lado, Nicolás y su grupo de desempleados estaban petrificados. Al ver las insignias en el uniforme de Dani y a los soldados de élite detrás de él, se quedaron helados.
Aun así, detrás de Nicolás todavía quedaba algún incauto con ínfulas de valiente que alzó la voz:
—¿Y qué si es militar? ¡¿A poco por eso va a solapar a una estafadora?!
—¡Exacto! ¿Los militares también se prestan para estas cosas? —comenzaron a murmurar los demás.
En ese momento, se escuchó un alboroto en la entrada de la comandancia.
El Ministro de Justicia, Ignacio Palacios, entró a paso veloz escoltado por un grupo de policías ministeriales. Llevaba una expresión aterradora.
—¡¿Quién les dio permiso de arrestar a la gente a lo puro pendejo sin investigar bien los hechos?!
—¡S-Señor Palacios!
El Comandante Augusto salió corriendo de su oficina, sudando a chorros. Desde que recibió la llamada hasta este momento, seguía sin procesar nada. Se suponía que solo le estaba haciendo un pequeño favor a su sobrino, ¡¿cómo diablos terminó involucrándose la familia Núñez en esto?!
—¡Señor Ministro, le juro que esto es un malentendido! ¡Mis hombres jamás harían un arresto injustificado!


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