El director Londo parpadeó, desconcertado. Era evidente que no había considerado esa opción.
Sin darle tregua, Melisa siguió presionando:
—Y otra cosa, usted dice que ese collar vale millones y que es súper importante para Yori. ¿Entonces por qué se lo andaba quitando a cada rato? Si de verdad era tan valioso, ¿por qué dejaría que cualquiera lo tocara o cómo es que terminó cayendo «por accidente» en las cosas de alguien más?
Al director Londo le empezó a sudar la frente y su tono perdió fuerza.
—Bueno... Yori dijo que lo había guardado en su pupitre...
—¿Ah, sí? ¿Y su pupitre estaba bajo llave o qué? ¿Cómo se supone que Teresa sacó el collar delante de todos y lo metió en su lapicera sin que nadie lo notara? —se burló Melisa—. ¿O ahora resulta que Teresa puede volverse invisible? ¿O me va a decir que las amigas de Yori se quedaron viendo cómo lo robaba y hasta después decidieron abrir la boca?
El director Londo no supo qué responder. Su cara cambiaba de colores por la frustración.
Melisa se puso de pie y lo miró desde arriba.
—Director Londo, como autoridad escolar, acusar a una estudiante de robo sin pruebas contundentes, basándose solo en los chismes de un grupito de niñas, e incluso amenazarla con la expulsión... ¿Esa es la clase de justicia que manejan en esta escuela?
Su voz se volvió afilada:
—Si es así, no tengo ningún problema en levantar un reporte en la Secretaría de Educación para preguntarles si una escuela puede encubrir el *bullying* solo porque la agresora tiene dinero.
El director Londo por fin entró en pánico e intentó calmar las aguas.
—Señora, por favor, tranquilícese. Todo esto se puede seguir investigando...
—¿Investigando? —Melisa soltó una risita seca—. Por supuesto. Pero si van a mandar llamar a los tutores, lo justo es que estén presentes las dos partes, ¿no cree? Además, exijo que mande a buscar a Yori y a todas esas «testigos» en este momento. Quiero tenerlas a todas aquí, cara a cara, para que me expliquen con lujo de detalle qué fue exactamente lo que vieron.
Al recordar que Yori estaba respaldada por la poderosa familia Soto, el director Londo sabía que no podía darse el lujo de ofenderlos. Lo pensó por un momento y dijo con voz tensa:
—Dada la posición de la familia de Yori, no puedo hacerlos venir nada más porque sí.
Melisa levantó una ceja. Ella conocía a la mamá de Yori; la pobre mujer trabajaba prácticamente gratis como sirvienta en la casa de los Soto para pagarles el favor de haberlas acogido.
—¿Por qué no? —preguntó—. ¿Acaso no dejó un teléfono de contacto en su expediente?
—Claro que sí, pero estamos hablando de un coronel del ejército. ¿Cree que un militar de ese rango tiene tiempo para salir de su base a capricho? —El director Londo sonaba molesto—. Sería una falta de respeto molestarlo con esto.
Al escuchar eso, Melisa lo miró con una ironía imposible de disimular.
—¿Me está diciendo que en los contactos de emergencia puso el número de Dani?
Al ver que lo llamaba por su nombre de pila sin ninguna formalidad, el director Londo frunció el ceño.
—Así es.
Melisa sacó su celular, buscó el número de Dani en sus contactos y lo seleccionó.
—Señorita Serrano, ¿de verdad... acaba de hablar con el coronel Soto?
Melisa guardó el celular con total indiferencia.
—¿Qué pasa, director Londo? ¿Cree que estoy montando un teatrito?
El director Londo soltó una risa nerviosa.
—No, no es eso. Es solo que el coronel Soto es un hombre muy ocupado, me parece casi imposible que... —No terminó la frase, pero el mensaje estaba claro: no creía que ella tuviera el poder de hacer venir a Dani con una simple llamada.
Teresa estaba parada a un lado, apretando el dobladillo de su camisa por los nervios. Sabía que Melisa era alguien importante, pero se estaban metiendo con la familia Soto... Todo el mundo en la escuela sabía que Yori abusaba de los demás precisamente porque los Soto la respaldaban.
Melisa notó las dudas del director Londo, pero no se molestó en explicarse. Simplemente jaló a Teresa para que se sentara con ella en el sillón de la oficina.
—Pues sentémonos a esperar.
Melisa sacó un chocolate y se lo dio a Teresa. La chica lo aceptó, sorprendida por el gesto, y le dio las gracias en voz baja.
El director Londo veía la escena y sentía que el estómago se le revolvía. Esta mujer estaba demasiado relajada. ¿De verdad conocía al coronel Soto?
Un silencio incómodo invadió la dirección. Tras pensarlo un poco, el director Londo le pidió a un alumno que iba pasando que fuera al salón a buscar a Yori.

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