Teresa brincó de su asiento con un brillo en los ojos.
—¡Sí!
Pasó caminando junto a Yori con la espalda bien recta. Los compañeros que normalmente seguían a Yori para hacerle la vida imposible a Teresa, ahora intercambiaban miradas confundidas.
En cuanto Melisa y Teresa desaparecieron por el pasillo, un alumno le preguntó a Yori:
—¿Qué onda con eso? Parece que ni te topa, Yori. Más bien se lleva con Teresa, la pobretona. ¿No decías que esa chava venía de una familia de campesinos? ¿Cómo es que conoce a alguien así?
Yori estaba que se la llevaba el diablo. Odiaba que Melisa la hubiera dejado en ridículo frente a todos, pero su cerebro trabajó rápido y encontró una excusa.
Puso cara de incomodidad y fingió dudar antes de hablar:
—Seguro sigue enojada por lo de las clases particulares.
—¿Cuáles clases?
El resto del grupo no sabía de qué hablaba, pero sus dos amigas íntimas sí. De inmediato empezaron a esparcir el chisme para defenderla:
—Yori iba a tomar asesorías con esa tipa. Les vendió a los Soto la idea de que era una genio, pero en realidad es una farsante. Durante toda la prepa estuvo entre las peores de su generación y su título universitario lo consiguió a base de dinero. Obviamente alguien así no le iba a dar clases a Yori.
Al ver que sus amigas le hacían segunda, Yori suspiró con dramatismo y se hizo la víctima:
—Yo le dije a Dani que podía estudiar sola, pero se aferró. Cuando descubrió que el título de Melisa era falso, me contrató a otro profesor. Ella cree que yo la estoy haciendo a un lado y por eso está tan a la defensiva...
Yori fingió tristeza unos segundos y luego puso cara de mártir.
—En fin, fue mi culpa por no saber manejar las cosas. Es normal que me tenga coraje, mejor ni le hagan caso.
Al escuchar su versión, las demás chicas arrugaron la nariz con disgusto.
—Ay, Yori, eres demasiado buena. Es obvio que esa tal Melisa solo quería acercarse a ti para ganar puntos con el coronel Soto. Pobre de Teresa, si sigue estudiando con ella, va a terminar reprobando todo.
—Pues tampoco es que ahorita sea una alumna de excelencia —se burló otra—. Solo puede empeorar.
—Bueno, ya, siéntense —dijo Yori con una sonrisa dulce—. Ya casi son los exámenes mensuales, mejor hay que enfocarnos. Por cierto, pronto es mi cumpleaños, luego les paso los detalles de la fiesta.
—¡Va que va!
***
Mientras tanto, Melisa acompañó a Teresa a la dirección.
—Entonces, ¿qué quiso decir? —lo interrumpió Melisa—. ¿Como Yori es la heredera de los Soto, su palabra es la ley y la versión de Teresa ni siquiera merece ser escuchada?
El rostro del director Londo cambió y endureció el tono.
—El hecho es que el collar apareció adentro de la lapicera de Teresa. ¡Y las amigas de Yori son testigos, juran que la vieron robarlo!
—¿De verdad? —Melisa levantó una ceja—. Y dígame, de todas esas niñas que «la vieron con sus propios ojos», ¿alguna especificó a qué hora y cómo lo hizo? ¿O solo repiten como pericos «ella se lo robó» y usted se tragó el cuento entero?
El director Londo se quedó mudo y se puso pálido.
—Director Londo, siendo usted un educador, debería saber que una acusación necesita pruebas reales —continuó Melisa—. Si todo se basa en lo que dicen unas cuantas amigas sin evidencias físicas, entonces estos «hechos» no son más que un linchamiento montado.
El director Londo ya no pudo contenerse y replicó:
—¡Pero el collar estaba en su lapicera!
Melisa sonrió con sarcasmo.
—Y explíqueme, ¿dónde guarda Teresa su lapicera? ¿Le pone candado? Si alguien aprovechó un momento de descuido para meterle el collar ahí, ¿no sería exactamente el mismo resultado?

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