Justo en ese momento, la puerta de la oficina se abrió de golpe, y una voz masculina, profunda y magnética, llenó el lugar:
—¿Qué pasó para que me hicieran venir con tanta urgencia?
Yori se volteó bruscamente hacia el apuesto hombre que entraba en uniforme militar, recortado contra la luz de la puerta, y soltó un grito ahogado:
—¡Dani!
El director Londo, que había estado sentado, vio al legendario héroe militar y sus ojos no pudieron ocultar su emoción. De verdad no esperaba que la hermana de Teresa lograra traer a semejante figura.
El director Londo se puso de pie por instinto y le tendió la mano:
—Señor Soto, un placer, un placer. Como en la ficha de inscripción de Yori aparece su nombre en la sección de tutor legal, tuvimos que pedirle que viniera.
Dani le estrechó la mano con ligereza, miró de reojo a Melisa, que protegía a Teresa, y preguntó con calma:
—No estoy al tanto de los problemas que Yori tiene con sus compañeros. ¿Qué es exactamente lo que necesitan que resuelva?
Yori de inmediato dio un paso al frente, suavizando su tono de voz:
—No es nada grave, Dani. Ya le había dicho a Melisa que no te llamara, de verdad no quería molestarte.
Dani se volvió, la miró desde arriba y preguntó:
—¿Por qué aparece mi nombre como tu tutor legal en la escuela?
El corazón de Yori dio un vuelco y tartamudeó:
—Porque siempre me has cuidado mucho, así que...
—¿Acaso no tienes mamá?
Dani le hizo la misma pregunta que Melisa le había hecho hace unos momentos.
Era evidente que ya se había dado cuenta de que el ego de esta chica era tan grande que podía llegar a ignorar a su propia madre.
Melisa permaneció de pie a un lado con total tranquilidad, sin decir una sola palabra. Al ver la tensión, el director Londo intervino para explicar:
—Según Yori, la profesión de su madre es algo... complicada, así que...
Pero, por la pregunta que acababa de hacer Dani, no parecía que el trabajo de la madre tuviera nada de especial. El director Londo se quedó confundido y comenzó a mirar a Yori con sospecha, creyendo que les había estado mintiendo.
El aire en la oficina pareció congelarse. Yori jugueteaba nerviosamente con el borde de su uniforme. Bajo la mirada penetrante de Dani, su cuello se puso rojo de la vergüenza.
—Mi... mi mamá es... —La voz de Yori se fue apagando hasta convertirse en un susurro.
Dani no le dio la oportunidad de inventar excusas. Miró al director Londo:
—Por favor, revise el expediente de admisión de Yori.
El director Londo dudó un segundo:
—Este...
—Como su supuesto tutor legal, tengo derecho a verlo. —La voz de Dani no era agresiva, pero tenía una autoridad innegable.
Yori levantó la cabeza de golpe, con el pánico reflejado en los ojos:
—¡Dani! ¡De verdad no es necesario!

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