De inmediato, Óscar giró la cabeza para mirar a Melisa, con un odio palpable en los ojos.
Sacó una pistola y apuntó directo al pecho de la joven.
—Te daré solo una oportunidad para decirme la verdad. ¿Esto fue un accidente o lo hiciste a propósito? Piénsalo muy bien antes de contestar.
Melisa por fin mostró pánico.
—¡Él me obligó! ¡Fue su jefe! ¡Se lo juro por Dios, es la verdad! ¡No estoy mintiendo!
—¡Sáquenla de aquí!
Arrastraron a Melisa a la fuerza fuera del quirófano.
Mientras la llevaban por el pasillo, escuchó a Óscar hablando por teléfono, con la voz temblorosa de pura emoción.
—¡Detengan a Nicanor ahora mismo! ¡Sí, tráiganlo para acá de inmediato!
La aventaron de vuelta a su recámara y se escuchó el seguro de la puerta. Melisa se sobó las muñecas sin mostrar ninguna emoción. Luego, se sacó de la ropa una pistola que le había quitado del chaleco a uno de los hombres de Óscar.
Tras revisar cuántas balas traía, se acercó a la puerta y tocó.
—¿Por qué me encierran? ¿No me iban a sacar de aquí de inmediato?
Nadie contestó. Al parecer, no era la primera vez que Óscar apuñalaba a alguien por la espalda.
Melisa se dio la vuelta y calculó la caída desde el tercer piso. Saltó al balcón, bajó por las unidades del aire acondicionado y luego se deslizó rápidamente por una tubería de agua hasta llegar a la planta baja.
Con la información que había memorizado, esquivó los puntos ciegos de los guardias, moviéndose sigilosamente hacia la torre de vigilancia.
Para ese momento, Nicanor apenas iba llegando a la mansión desde el aeropuerto. Todavía no entendía qué pasaba. Al bajar de la camioneta, los hombres de Óscar lo rodearon. Ambos bandos se apuntaron con las armas.
Óscar le gritó lleno de furia:
—¡Ya te dejé mi puesto como líder! ¡¿Por qué tenías que matar a mi padre?! ¡Era la única familia que me quedaba!
Nicanor, que tenía la sangre pesada, respondió a gritos:
—¡Puras pinches mentiras, yo no lo maté!
Miró a sus hombres de confianza que estaban esperando fuera del quirófano. Ellos asintieron levemente, confirmando que Aureliano estaba muerto y que Óscar le estaba tendiendo una trampa.
—¡Me estás poniendo un cuatro! ¡Qué poca madre tienes! ¡Él te crio por más de treinta años! ¿Y sacrificas su vida solo para deshacerte de mí?
Caminó hacia Óscar, quien fingió terror y retrocedió hasta quedar contra la ventana.
—¡Yo no armé nada! Mírame, estoy en esta condición, ¿qué podría hacer? ¡Es absurdo pensar que yo mataría a mi padre! Además, ¡ni siquiera quería matarte! ¡Somos hermanos! ¡Solo te estoy exigiendo una explicación!
Óscar, con la mano en el reposabrazos, dio dos golpecitos con el índice. Su anillo de plata destelló bajo la luz del atardecer.
Era la señal para atacar.
A las afueras de la mansión, miembros de un cártel rival que llevaban rato escondidos entraron acelerando sus motocicletas.
A lo lejos, en la torre de vigilancia, el francotirador se inclinó, poniendo la cabeza de Nicanor, que estaba cerca de la ventana, en la mira. Justo cuando iba a jalar el gatillo, una voz suave sonó detrás de él:
—¿Qué estás haciendo?
El francotirador abrió los ojos de golpe. No había escuchado a nadie subir. Se volteó rápidamente y se topó con el rostro de una chica hermosa. Sus pupilas se dilataron.
Al bajar la mirada, vio cómo la pistola con silenciador ya le había perforado el cuerpo tras varios disparos.

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