Mientras hablaba, la chica empezó a mirar a su alrededor con los ojos llenos de expectativa.
Yori en realidad no sabía si Dani iba a ir. Nunca estaba enterada de dónde se encontraba; las pocas cosas que llegaba a saber se las contaban el abuelo Soto o Renato.
Pero al sentir la mirada atenta de todos, Yori respondió:
—Ya le avisé, pero saben que su trabajo lo mantiene muy ocupado. No sé si alcance a llegar a mi cumpleaños, solo me dijo que me dejó un regalo preparado en la casa.
Yori acarició el deslumbrante collar personalizado que llevaba en el cuello, dejándolo a la vista a propósito, y murmuró con fingida timidez:
—Me pregunto qué me irá a regalar esta vez.
Las chicas a su alrededor no pudieron ocultar su envidia.
—Seguro te quiere muchísimo. La última vez que vine a comer aquí, un platillo cualquiera me costó cincuenta mil pesos. Esta fiesta fácil debe de estar saliendo en unos cientos de miles.
—¿Cientos de miles se les hace mucho? —murmuró mientras bebía jugo otra chica rica que también había sido invitada—. Para alguien de su nivel, si de verdad quisiera hacerle una fiesta a la mujer que ama, mínimo tendría que rentar un castillo o algo así.
Ese comentario llegó a los oídos de Yori, quien le contestó de forma sutil pero cortante:
—Fui yo quien le pidió que hiciéramos algo sencillo. Dani es militar, no quiero que la gente piense que es un despilfarrador. Aimara, como nunca has convivido con personas de ese nivel, te pediría que no saques conclusiones al aire.
La chica se puso pálida del coraje, pero al final se tragó sus palabras.
Todos seguían llenando a Yori de halagos. En ese momento, en la planta baja de Cielo Gourmet, Teresa caminaba hacia el elevador abrazando su libreta de olimpiadas de matemáticas. Ahí vio a una mujer vestida con ropa muy humilde, sosteniendo un pastel mientras intentaba descifrar cómo usar el elevador.
Teresa se acercó amablemente y le advirtió:
—Para subir necesita una tarjeta o una contraseña. ¿Va a ir arriba?
Sofía Vidal se dio la vuelta, con un destello de vergüenza en el rostro.
—Sí, hoy es el cumpleaños de mi hija y vine a traerle su pastel.
Teresa pasó su tarjeta y abrió las puertas.
—Ah, entiendo. Si quiere yo la subo, de todos modos voy al restaurante.
Sofía le agradeció de corazón y entró al elevador con el pastel en las manos. De reojo, Teresa se fijó en el pastel, que tenía forma de conejo.
—¿Lo hizo usted?
—Sí, lo hecho en casa siempre es más sano que lo que venden por ahí —respondió Sofía.
Teresa suspiró, impresionada.
—¿Y por qué no vino con su hija?
—Se le olvidó decirme dónde iba a ser. Tuve que preguntarle a su... a su abuelo. Ella está aquí con todos sus compañeros de clase. De hecho, tiene tu misma edad, también va en preparatoria.
Sofía recorrió con la mirada el uniforme de Teresa y, como si cayera en cuenta de algo, agregó:
—Se me hacía conocido tu uniforme. Eres del Instituto Juan Pablo II, igual que mi niña.

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