—¿Entonces a qué viniste? —se burlaron las chicas, lanzándole miradas de desprecio.
Yori incluso se hizo la buena y fingió calmar a los demás:
—Ya, bájenle, no le digan nada. Todos somos del mismo salón. Teresa, me da mucho gusto que hayas podido venir a mi fiesta, seguimos siendo buenas amigas.
—Tú no mereces ser mi amiga —le contestó Teresa de forma tajante—. Y ya les dije que no vine a buscarlos a ustedes.
Se hizo a un lado, esquivando al grupo de estudiantes, y siguió caminando.
Alguien se rio a sus espaldas:
—No me digan que ahora resulta que va al área VIP de la terraza.
Apenas terminó de hablar, todos vieron cómo los dos guardias de seguridad que custodiaban las escaleras le abrían la puerta a Teresa y la dejaban subir.
La sonrisa de Yori se congeló. Abrió los ojos de par en par, viendo cómo Teresa desaparecía por las escaleras, y apretó los puños con tanta fuerza que se encajó las uñas en las palmas. Los susurros de sus compañeros se le clavaron en los oídos:
—¡No manches! ¿De verdad la dejaron subir a la zona VIP?
—¿No se suponía que en el último piso solo reciben a políticos y gente famosa? La vez pasada mi papá quiso reservar y ni siquiera lo pusieron en lista de espera...
—¿A quién habrá ido a buscar Teresa?
—Yana acaba de decir que vio un montón de camionetas militares allá abajo. ¿No estará el señor Soto allá arriba?
—¿Y cómo es que Yori no sabía nada? Si se supone que ya casi son novios, no creo que ni se avisen de esas cosas.
—T-tal vez sea una reunión de otros oficiales. No se hagan ideas. Si Teresa subió, seguro es porque conoce a algún empresario de por aquí —soltó Yori, alzando la voz de repente. Su falda rosa se sacudió por lo rápido que se dio la vuelta.
Con esas palabras logró desviar la atención de todos. Al cambiar la idea de que Teresa iba a ver a un militar por la de un empresario, la historia tomaba otro rumbo.
—¿No será que se consiguió un sugar daddy? —murmuró alguien.
Todos pusieron cara de asco de inmediato.
—Pues es la única explicación lógica.
***
Mientras tanto, la realidad era otra.
Teresa estaba sentada en la terraza al aire libre, justo afuera de un área privada. A su lado estaba Melisa, dándole pequeños sorbos a su bebida, con la cabeza ladeada mientras analizaban juntas el examen de la clase de excelencia.
Del otro lado del cristal, en el interior del área privada, Dani y otros hombres estaban cenando y platicando de asuntos internos.
Esa cena había sido montada especialmente para que Hugo la viera.
Cuando terminaron de revisar el examen, Melisa se terminó su copa de vino afrutado. Cerró un poco los ojos al sentir la brisa de la terraza.
—Viendo tus resultados, la materia de español es tu punto débil, pero respondiste perfectamente las preguntas extra. Además, la última vez le dejaste una muy buena impresión a los maestros. No deberías tener ningún problema para entrar.
Teresa por fin lo entendió todo.
—O sea que la razón por la que aceptaste cenar con ellos la otra vez fue por mí...


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