De repente, él se inclinó hacia ella. Levantó la mano y se desabrochó los dos primeros botones de la camisa, dejando al descubierto parte de sus músculos y las cicatrices que le habían quedado como marcas de guerra.
Con sus largos dedos, el hombre se tocó el pecho, guiando la mirada de Melisa hacia esa zona que había dejado expuesta a propósito para provocarla.
La verdad era que se veía sumamente atractivo.
—Nada mal —asintió Melisa. Luego apartó la mirada y soltó un bostezo largo y perezoso.
Al ver que no lograba causarle el más mínimo interés, la expresión de Dani pasó de la expectativa a la decepción total.
Giró la cabeza de golpe y le lanzó una mirada fulminante al interior del área privada, rodeada de ventanales de piso a techo. Los pocos militares que tenían la cara casi pegada al cristal se hicieron los ocupados de inmediato, chiflando y viendo para todos lados.
Obviamente, ninguno de ellos iba a admitir que acababa de ver a su coronel fracasando estrepitosamente al intentar coquetear.
Desde una esquina, Teresa masticaba su corte de carne mientras abrazaba su mochila y negaba con la cabeza. Acababa de darse cuenta de que, sin importar quién fuera, cualquiera que conviviera con Melisa terminaba convirtiéndose en su fan o comiendo de su mano.
Y, claramente, acababa de clasificar a Dani en ese último grupo.
Al terminar de comerse las papas, Melisa se puso de pie, balanceándose un poco.
—Ya es tarde, vámonos. Mañana mismo me encargo de que Dafne encuentre al donador.
Dani la tomó de la cintura.
—Apóyate bien.
Fue entonces cuando Melisa sintió que el mundo le daba vueltas. Las líneas del piso de madera parecían torcerse bajo sus pies. Normalmente aguantaba bien el alcohol, pero había subestimado por completo ese nuevo vino del Grupo Bellavista.
—Tomé de más.
Levantó el rostro. Tenía los ojos ligeramente húmedos por el bostezo y los labios brillantes. Al verla así, la expresión del hombre se volvió más intensa. Pasó saliva un par de veces y, al final, terminó tapándole los ojos con una mano donde se le marcaban las venas.
Su voz se volvió ronca de repente.
—No me mires así.
Al quedarse a oscuras, Melisa ladeó la cabeza, confundida.
—¿Por qué?
—Porque no quiero portarme como un animal —suspiró Dani. Volteó la cara hacia otro lado y la sostuvo de la cintura—. Vámonos, te llevo a casa.
—A la tuya —respondió Melisa de inmediato. Incluso tuvo la lucidez para explicarlo—: Si nos separamos ahora, corremos peligro.
La gente de Hugo estaba vigilando todos sus movimientos. Además, justo en ese momento estaban celebrando el éxito del nuevo equipo de primeros auxilios. Existía una gran posibilidad de que Hugo intentara algo esa misma noche.


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