A Hugo no le cuadraba ninguna de esas explicaciones. El dinero no le interesaba a Melisa. Pero, ¿a poco se metió sola al barco nada más porque le caía mal y quería buscarle pleito?
Hugo seguía sin encontrarle sentido. Le dio una calada larga a su cigarro, soltó el humo y les dijo: —Ahorita nos vale madre por qué lo hace. Lo que urge es sacarla de donde esté escondida en este barcote. ¿O a poco se van a quedar esperando a que se los eche al plato uno por uno?
Los tipos se voltearon a ver entre ellos. Como siempre estaban acostumbrados a recibir órdenes, pedirles ideas era como hablar con la pared.
Hugo se agarró la cabeza por la frustración. En eso, un tipo grandulón se asomó por la puerta: —Los escuincles no dejan de hacer ruido, Hugo. ¿Siempre sí vamos a sacar los órganos hoy o qué?
Hugo se detuvo, levantó la mirada y se le quedó viendo de golpe. —¿Los niños?
El hombre sintió escalofríos por esa mirada tan cabrona y retorcida. Se frotó los brazos y asintió. —Sí, los niños. Ya me tienen hasta la madre con su escándalo.
A Hugo se le prendió el foco. —Vayan por un par de chamacos y llévenselos a la cubierta.
—¿Para qué? —Los demás no entendían ni madres.
Hugo soltó una risa siniestra. —A las mujeres siempre les cuesta trabajo quedarse quietas cuando ven sufrir a un niño. Apuesto lo que sea a que no va a aguantar ver cómo aventamos a los mocosos al mar, uno por uno, para que se los coman los tiburones.
La orden de Hugo corrió como pólvora.
De volada, unos matones entraron a patadas al área donde tenían a los niños. Sin importarles que lloraran o patalearan, agarraron a tirones a los tres que más escándalo hacían.
Bruno, que estaba en un rincón, se levantó con mucha tranquilidad al ver eso. —Esperen.
Un matón volteó a verlo. —¿Qué chingados quieres? ¿Te quieres hacer el héroe y morirte por ellos?
Para sorpresa de todos, Bruno asintió. Señaló la enorme cicatriz que le cruzaba la panza y dijo sin alterarse: —Ya casi no me quedan órganos por sacar. Ellos todavía están enteros. Échenme a mí primero, valgo mucho menos que ellos.
El matón se le quedó viendo un momento. Aventó al suelo al niño que traía y soltó una carcajada burlona. —Tienes huevos, morro. Si te quieres hacer el valiente, te doy el gusto.


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