—¡Esta táctica sí que funcionó! ¡Súbanla a la cubierta de una vez! ¡Rápido! —Hugo sintió una ola de alivio y, emocionado, hizo señas para que regresaran al niño. Al fin y al cabo, cada escuincle valía decenas de miles de dólares; tirarlos al mar era como tirar dinero a la basura.
Bruno fue arrojado a la cubierta como si fuera un costal de basura. Se quedó ahí tirado, sin moverse, hasta que la silueta de Melisa apareció en su campo de visión. En ese momento, la última chispa de esperanza que le quedaba en los ojos se apagó por completo.
Había creído que podía confiar en ella, que tenía las agallas y la capacidad para sacarlos de ahí. Nunca imaginó que se rendiría tan fácil solo para evitar que sacrificaran a unos cuantos niños.
¿Acaso no se daba cuenta de que, si ella moría, todos los niños terminarían con el mismo final miserable?
En ese instante, Bruno pensó que esa supuesta mujer policía no tenía ni un gramo de cerebro.
Al ver que Melisa por fin daba la cara, el rostro de Hugo se retorció en una expresión de júbilo y superioridad.
—¡Jajaja! ¿Por fin te dignas a salir, Melisa? ¿Todo por estos pinches mocosos? ¡Qué estupidez tan sentimental!
Le dio una patada al cuerpo inerte de Bruno en el suelo.
—Como siempre, en los momentos críticos, usar a los escuincles es la mejor estrategia. De no ser por ellos, esta noche mi cabeza habría terminado en tus manos.
En cuanto subieron a Melisa a la cubierta, más de una docena de cañones le apuntaron directamente.
La niebla era tan espesa que el aire se sentía pesado, casi asfixiante. Melisa estaba ahí sola, bajo la amenaza letal de todas esas armas. Su silueta se veía frágil, pero su expresión no cambió en lo absoluto. Su frialdad solo se resquebrajó, revelando algo aterrador, cuando vio cómo pateaban a Bruno como si fuera basura.
—¿De dónde sacaste a todos estos niños? —preguntó Melisa con un tono neutro—. ¿A poco la policía no investiga?
Seguro pensaba que ya la tenía en la bolsa, así que Hugo ni se molestó en ocultar sus métodos. Al contrario, empezó a explicar con cinismo:
—¿Investigar qué? Son huérfanos, abandonados. Basta con decirles que los vas a llevar a la ciudad a buscar a sus papás y caen redonditos. Son los más baratos del mercado. En especial las niñas; cuando se las llevan, sus familias las buscan un par de días y luego se rinden.
Melisa pareció reflexionar un momento.

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