Hugo entendía perfectamente cada una de esas palabras por separado, pero escucharlas juntas fue como recibir un golpe de mazo directo en el cráneo. De forma mecánica y torpe, giró la cabeza; le tronaron los huesos del cuello mientras clavaba la vista en la frágil figura que permanecía de pie en el centro de la cubierta.
—¿Quién... quién chingados eres tú?
Le temblaba la voz y los ojos le bailaban en las órbitas. Toda esa información lo estaba haciendo perder la cordura a un ritmo alarmante.
Melisa caminó hacia él con pasos tranquilos. A su alrededor, los sanguinarios mercenarios ya habían aterrizado y comenzaban la masacre, acorralando a la gente de Hugo sin darles ni un segundo para defenderse.
A final de cuentas, los hombres de Hugo no eran lobos de mar ni profesionales; solo eran un puñado de matones de poca monta con ganas de ganar dinero fácil y sin una gota de escrúpulos.
Cayeron abatidos bajo la lluvia despiadada de balas de armas de alto calibre. En cuestión de minutos, se formó un río de sangre a espaldas de Melisa. Al verla acercarse, Hugo perdió la poca valentía que le quedaba, se dio la media vuelta y echó a correr a tropezones, aterrado hasta los huesos.
Sin su séquito para protegerlo, no era nadie. Melisa esquivó sin esfuerzo los disparos erráticos que él lanzaba mientras huía, cruzando la cubierta en pleno tiroteo para pisarle los talones.
Hugo empujó la puerta de la sala de juegos, tropezando con sus propios pies, e intentó ponerle el seguro en cuanto entró. Pero un zapato de cuero se atravesó, bloqueándola sin ningún esfuerzo.
Aunque Melisa ya se había deshecho de su tapadera, seguía usando la misma ropa desaliñada. Su silueta parecía un fantasma fundiéndose con las sombras mientras se colaba en la habitación sin hacer el menor ruido.
La gruesa puerta se cerró detrás de ella, amortiguando el estruendo de los disparos, las explosiones y los alaridos que seguían en cubierta. De pronto, el ambiente se sumió en un silencio mortal y asfixiante, solo roto por los jadeos roncos de Hugo, que sonaban como un fuelle roto.
La sala de juegos estaba a oscuras; la única luz era el destello ocasional de los faros del barco pirata que se filtraba por las ventanas. El aire apestaba a habano, alcohol y a un rastro reciente de sangre.
—¿De qué huyes? —La voz de Melisa no sonaba alta, incluso tenía un toque burlón y relajado, pero resonó con una claridad escalofriante en el cuarto vacío. Fue como sentir la lengua helada de una serpiente rozando la oreja—. ¿Ahora sí tienes miedo, Hugo?


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