Hugo originalmente pensó que Melisa tendría miedo, pero en su lugar vio una fugaz sonrisa de desprecio en su rostro.
Melisa balanceó las piernas y curvó los labios hacia arriba.
—Órale, apriétalo.
—¡De verdad instalé una bomba! —Hugo no entendía cómo, al borde de la muerte, Melisa seguía tan tranquila. Puso el dedo sobre el botón—. ¡Si no me sueltas, te juro que lo aprieto y nos morimos todos!
La expresión de Dafne se llenó de pánico, e incluso los piratas se asustaron por su locura. Sin embargo, al ver que Melisa incluso se reía en ese momento, se tranquilizaron de inmediato. La astuta X nunca dejaría su vida en manos de otros.
De pronto, Melisa saltó de la mesa de billar, le arrebató el control remoto a Hugo y lo examinó en su mano por un segundo.
—¿Es este?
Apenas terminó de hablar, presionó el botón rojo.
Hugo cerró los ojos aterrorizado y soltó un grito ronco.
—¡No!
Todos tenían el alma en un hilo, pero al ver que el entorno seguía en completo silencio, solo acompañado por el sonido del viento y las olas, Peter y otro pirata intercambiaron miradas. Ambos se habían llevado un buen susto, pero fueron los primeros en soltar la carcajada.
—¡Jajaja! ¿Por qué no explotó la bomba de este viejo loco?
—Seguro alguien la desconectó.
Melisa le devolvió el control remoto a Hugo y habló con voz suave.
—Parece que se descompuso.
Las risas burlonas de los piratas fueron como cuchillos oxidados que cortaron pedazo a pedazo la poca dignidad y cordura que le quedaba a Hugo.
Apretó el frío control que Melisa le había devuelto, temblando como una hoja seca en el viento, con la mirada perdida y repitiendo inconscientemente:
—¿S-se descompuso? Imposible... imposible...
Melisa se paró frente a él, mirándolo desde arriba. Esa sonrisa de desprecio en su rostro era como una escultura de hielo, sin la menor calidez. Incluso se inclinó un poco y le habló con una voz tan suave como si estuviera calmando a un niño asustado.
—Bueno, el juego terminó. Prepárate para morir.
Hugo fue atado a un pilar en la sala de juegos. Peter le sacó a la fuerza la información de que los archivos originales estaban en su laptop personal, así que Melisa le dijo a Dafne:
—No te preocupes por buscar esa computadora. Este barco va a explotar y todos tus documentos se hundirán en el mar junto con ella.
Dafne se sobresaltó.
—¿E-entonces a dónde vamos?
Melisa se paró en la cubierta del barco pirata y miró hacia la sala de juegos del barco de carga. Sabía que desde la posición en la que Hugo estaba atado podía verla, así que levantó el control remoto, lo agitó, sonrió levemente y presionó el botón.
En un instante, las tuberías del buque de carga explotaron. Una densa nube de humo negro se elevó junto con las llamas, que rápidamente devoraron la sala de juegos y silenciaron los gritos desgarradores de Hugo mientras se quemaba vivo.
Aunque la tremenda explosión logró despejar un poco la niebla en esa área, la visibilidad seguía siendo muy baja.
Peter se acercó a Melisa.
—El clima de estos días ha estado horrible, apenas pudimos llegar con la brújula. El último reporte dice que la niebla se está expandiendo y tardará otros dos días en disiparse, al igual que la señal.
El clima en el mar siempre era impredecible.
El barco pirata se perdió poco a poco entre la espesa niebla.
Melisa observó cómo el humo negro desaparecía de su vista, pensando que Dani seguramente sabría que ella estaba bien; él solo tendría que encargarse de limpiar el desastre y regresar a reportarse.
Melisa se estiró un poco, se dio la vuelta y vio a Bruno sentado en la cubierta, mirándola fijamente. Se acercó y le dio unas palmaditas en la cabeza.
—¿A poco no lo hice bien? Todos ustedes salieron vivos.
Bruno levantó la vista y, tras un buen rato, soltó:
—¿No que eras policía?

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