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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 311

Se quedó mirando la mano de Melisa, aterrorizado. ¡¿Cómo era posible que una chavita tan menudita tuviera tanta fuerza bruta?!

Los ojos de Melisa seguían igual de fríos e, incluso, parecía que estaba aburrida.

—Qué flojera —chasqueó la lengua fastidiada.

Sin soltar el taco, deslizó la mano con rapidez por la madera hasta ganar el control del arma improvisada.

¡Se escuchó el sonido de algo rasgándose en el aire!

Aprovechando el mismo impulso, Melisa hizo girar la muñeca ágilmente. Nadie sabía de dónde, pero ahora sostenía una navaja afilada en su mano y lanzó el tajo directo hacia los dedos de Hugo.

¡El filo helado del metal le rozó la piel de golpe! Hugo gritó del susto, casi meándose en los pantalones, y por puro instinto soltó la madera.

El pesado taco de billar cayó de lleno sobre la gruesa alfombra con un golpe sordo.

Pero la navaja de Melisa no se detuvo; se quedó inmovilizada, a escasos milímetros de la arteria en la muñeca de Hugo, que todavía seguía en el aire.

La hoja presionó suavemente la fina piel. Con solo empujar un milímetro más, le rebanaría la vena y lo mandaría al otro mundo.

Hugo se quedó tieso. Se le cortó la respiración y sintió cómo un escalofrío de muerte le subía por toda la columna vertebral.

Observó a Melisa, que la tenía a un palmo de distancia. Su rostro no mostraba el menor esfuerzo; apartar aquel golpe, sacar una navaja y ponerlo al borde de la muerte había sido, para ella, un movimiento casi automático.

—Yo no te di mis armas para que las usaras... —Melisa paseó la vista por el rostro de Hugo, retorcido por el pánico, y luego volvió a mirar la gotita de sangre que brotaba de su muñeca. De pronto, su mirada se endureció como el acero—: ¡Para que le sacaras los órganos a unos niños y los tiraras al puto mar como si fueran basura!

¡Pum!

¡La gruesa puerta de la sala se abrió de una patada!

Melisa tomó el botón y, con un ligero gesto de la mano, le indicó al grandulón que la soltara.

—Tranquilos, ella está conmigo.

Dafne tenía la cara hecha un desastre por las lágrimas. De verdad que nunca se imaginó el monstruoso respaldo que traía Melisa; ¡hasta podía darle órdenes a una banda de mercenarios despiadados!

—¿P... podrías pedirles que todavía no maten a Hugo? —tartamudeó—. Aún tiene los negativos de mis fotos.

—Suficiente por ahora —ordenó Melisa.

Hugo apenas y respiraba. Tenía la cabeza hinchada como un balón y le faltaban un par de dientes. Se arrastró penosamente para levantarse del piso, pero en ese movimiento aprovechó para meter la mano a la bolsa del pantalón y sacar un detonador. Empezó a soltar una risa maniática.

—¡Ja! ¿Todavía quieres tus pinches fotos? ¿De verdad crees que vas a llegar viva a tierra firme para jugar a ser la niña rica? —Hugo levantó el detonador y, con los ojos desquiciados, gritó fuera de sí—: ¡Se me olvidaba contarles un pequeño detalle! ¡Este puto barco está lleno de explosivos! Si me van a matar, ¡pues nos vamos a ir todos juntos al infierno!

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