—Un agente corrosivo alcalino. Alguien le echó sosa cáustica al agua.
Melisa evaluó al instante la naturaleza del veneno. Esa sustancia quemaría y disolvería rápidamente las cuerdas vocales y el tejido de la garganta. Si no recibía el tratamiento correcto y a tiempo, el hombre no solo perdería la voz de forma permanente, sino que podría morir asfixiado por el edema laríngeo.
—El veneno está en el agua. Sugiero que cierren de inmediato la entrada al backstage, detengan a todo el personal que haya tenido contacto con el agua y llamen a la policía.
Mientras daba las órdenes con total frialdad al personal más cercano, Melisa sacó una pastilla de su pequeño bolso —que por fuera parecía común, pero por dentro estaba cuidadosamente organizado— y se la puso en la boca al chico. Sin perder un segundo, le insertó varias agujas finas con una precisión fulminante.
—¡¿Qué le estás haciendo?! —exclamó aterrado el mánager de Vincent, intentando detenerla.
Melisa lo frenó en seco con una mirada helada.
—Si quieres que se muera o que se quede mudo para siempre, ¡entonces detenme!
El director de escena, que acababa de llegar corriendo y escuchó las palabras «sosa cáustica» y «mudo para siempre», palideció de golpe y gritó:
—¡Hagan lo que dice! ¡Cierren el backstage!
Melisa dejó de prestarles atención. Sostuvo unas agujas de plata, finísimas, y las insertó con una precisión milimétrica en varios puntos clave del cuello y el pecho de Vincent. Al entrar las agujas, el cuerpo del chico, que se sacudía violentamente, se tensó por un instante. Los espasmos en su garganta parecieron calmarse un poco y la sensación de asfixia retrocedió, aunque el dolor y el ardor seguían siendo intensos.
Los presentes abrieron los ojos desorbitados, aterrados al ver cómo le clavaba las agujas directamente en la piel.
—¡Qué locura es esta! ¿Lo estás picando con agujas?
—Piensen en esto como una estimulación de puntos clave para frenar el deterioro. Necesito usar un método especial para estabilizarlo por ahora. Es solo una medida temporal.
Tras aplicar unas cuantas agujas más para controlar el avance del veneno, Melisa retiró las manos con firmeza.
—Ahora podrá aguantar hasta que llegue la ambulancia. Llévenlo a cirugía de inmediato. Si la operación sale bien, su garganta se salvará.
El personal rápidamente levantó al hombre para sacarlo de ahí. En el proceso, la mano de Melisa rozó por accidente el pecho descubierto de Vincent y notó que su ritmo cardíaco era anormal, casi como los síntomas de un infarto. Sin embargo, en medio del caos no podía hacer un diagnóstico preciso, así que mientras se lo llevaban, solo agregó:
—Parece que tiene un problema cardíaco. Cuando lleguen al hospital, sugiero que también le chequen eso.
Por desgracia, el ruido y el alboroto eran tales que nadie le prestó atención.
Como el centro de espectáculos estaba abarrotado de fans angustiados que se negaban a irse, el personal tuvo que dividirse en dos grupos para hacer una distracción y lograr trasladar a Vincent al hospital de urgencia.

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