Melisa apartó la mirada de la ventana, se levantó de la silla y caminó en dirección al biombo.
Tras rodear la estructura de madera decorada, se detuvo en seco. Su mirada se fijó en el hombre sentado junto a la ventana. Llevaba una camisa negra con los tres primeros botones desabrochados. La luz dorada del atardecer se filtraba por las rendijas de la madera, proyectando sombras profundas sobre su rostro de facciones afiladas y sobre la cicatriz que asomaba amenazante por su cuello descubierto.
Dani levantó la mirada. Sus ojos oscuros ocultaban una sonrisa indescifrable, y la leve curva en el rabillo del ojo le daba un aire casi hipnótico.
Su voz grave llevaba una insinuación apenas perceptible que le erizó la piel a Melisa:
—¿Ya estás más tranquila?
Efectivamente, Dani había sido quien le compró la cafetería.
Melisa se acercó y tomó asiento frente a él. El hombre le sirvió una taza de té y ambos se quedaron en silencio por unos segundos.
Era cierto que en la Dark Web se podía comprar cualquier cosa, pero eso aplicaba solo para cuentas con privilegios. Alguien capaz de soltar ochenta millones de pesos de forma anónima y hacer que el dueño del lugar apareciera en cuestión de minutos con el contrato, dejaba claro que el nivel de usuario de Dani en la red no era nada bajo.
¿No se suponía que era un militar al servicio de su país? ¿Qué hacía con una cuenta de tan alto nivel en una red plagada de crimen y negocios turbios?
Melisa estaba llena de dudas, pero no podía hacerle preguntas directas; si lo hacía, terminaría por exponerse a sí misma.
Dio un pequeño sorbo al té y preguntó:
—¿Por qué me compraste la cafetería?
—¿Que no te estaban arruinando el té? —Dani la observó fijamente—. Hiciste una buena obra al clavarle unas agujas en los pectorales a un famoso actorcito de veintitantos años. No podíamos dejar que te culparan si se moría.
Melisa parpadeó y bajó la taza.
—Siento que me estás lanzando indirectas.
—¿Cómo crees? Solo te estaba defendiendo y ayudándote a desquitarte. —Dani se recargó en la silla y giró el rostro hacia la ventana—. Al fin y al cabo, me salvaste la vida.
Su mandíbula tensa delataba claramente que estaba molesto.
Melisa giró un poco su taza. No lo había visto mucho últimamente, ¿qué había hecho para provocarlo?
Tras pensarlo un poco, detuvo el movimiento de sus dedos y lo miró.
—¿Acaso escuchaste a escondidas cuando me entregaste el vestido en la casa de los Núñez? ¿O te ofendiste porque te devolví tus propiedades intactas y sentiste que te dejé en ridículo?
Dani al fin giró la cabeza para mirarla, sorprendido de que ella sacara ese tema. Su molestia del día solo se debía a que pensaba que a ella le interesaban más los cuerpos juveniles que él, pero contra la edad no había mucho que hacer más allá del ejercicio; solo le quedaba envejecer año tras año.
Dani apretó los labios y bajó el tono de voz, dejando asomar una ligera burla hacia sí mismo:
—¿Acaso me queda algo de orgullo frente a ti?
Ante los ojos del mundo, su prestigio era intocable, pero frente a Melisa estaba a nada de rogarle que le prestara atención. Sin embargo, la chica parecía inmune a cualquier insinuación romántica, o tal vez simplemente fingía no notarlas.
Con una paciencia casi maternal, Melisa se frotó la frente. A veces sentía que Dani podía llegar a ser un poco infantil frente a ella.
Aun así, era un excelente aliado y un buen contacto. Y aunque nunca lo había considerado seriamente como pareja, había motivos válidos para ello.
Melisa levantó la tetera y le sirvió té en la taza vacía. Su tono se volvió más cálido:
—Aquel día fui un poco cortante frente a mis hermanos, pero debes entender que acababan de recuperar a su hermana y no querían que saliera lastimada.
—¿Entonces todo lo que les dijiste era mentira? —preguntó él.



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