La «señora» sonrió con modestia.
—Mientras trate bien a mi hija, me daré por bien servida.
La comida frente a Melisa ya había llegado, pero su apetito se esfumó por completo, distraída por las mujeres que estaban al otro lado del biombo. Se recargó en la silla, miró de reojo a la «señora» rodeada por el grupo y luego se acomodó, fijando la vista en Dani.
—Parece que ahí está tu futura suegra.
Dani frunció el ceño.
—Esa no es la voz de Sofía.
Le bastaba con escuchar el tono para saber que no era ella.
Dani tomó un plato y le sirvió un poco de sopa.
—El chisme está bueno, pero también tienes que comer.
La sopa de mariscos de ese lugar estaba bastante buena. Mientras Melisa comía, escuchaba cómo las señoras de la mesa contigua no paraban de hacerle la barba a la falsa «señora», llenándola de regalos para que sus esposos pudieran meter sus negocios al distrito comercial de dos mil millones de pesos.
La mujer en realidad solo había ido por encargo; hacerse pasar por la madre de Yori le dejaría diez mil pesos. Pero ahora, viendo todas esas bolsas y joyas frente a ella, valoradas en cientos de miles, se había quedado deslumbrada.
Jamás había visto tantos artículos de lujo. Si los revendía, sacaría muchísimo más dinero del que Yori le iba a pagar.
De todas formas, esa chica no tenía buenas intenciones al contratar a una madre falsa para engañar a la gente. ¿Qué más daba si ella se quedaba con todos esos lujos?
A la «señora» le brillaban los ojos. Fingía rechazar los regalos, pero los aceptaba como si estuviera siendo «obligada». En ese tipo de círculos sociales, todos entendían una regla básica: si aceptas mi regalo, significa que accedes a hacerme un favor.
Al terminar la comida, aquellas mujeres creían que el trato ya estaba amarrado. Estaban seguras de que al llegar a casa sus esposos las felicitarían por haberles abierto el camino. Por otro lado, en cuanto terminó la reunión, la falsa «señora» agarró su montón de regalos de lujo, bloqueó el número de Yori y se dio a la fuga.
Melisa ya había visto suficiente de aquel espectáculo desde la mesa de al lado, y había quedado muy satisfecha con su cena. Dejó los cubiertos, tomó una servilleta y se limpió la boca.
—Tu «prometida» se ha metido en muchos problemas. ¿Quieres que te eche la mano?
—¿Con qué? —preguntó Dani.
—Aunque tú estás a cargo de la construcción del distrito comercial, la decisión sobre los locales debería estar en manos de mi hermano mayor. Me parece que estas señoras se equivocaron de persona a la cual hacerle la barba.
Dani se recargó en el respaldo y respondió con frialdad:
—Mi abuelo se equivocó desde el principio con el asunto de Sofía. Era algo que se podía arreglar con dinero, pero al acogerlas, terminó arruinando a esa madre y a su hija. El carácter de Yori no resiste ninguna tentación, su personalidad está completamente retorcida. La familia Soto tiene la culpa, y la indulgencia excesiva de mi abuelo también. Ella debería volver a vivir adonde pertenece.
Como eran los benefactores de su abuelo, Dani siempre había sido muy tolerante con Yori, pero sus constantes provocaciones ya habían rebasado su límite.
—Y otra cosa —Dani dio unos golpecitos en la mesa—. ¿«Prometida»? Nunca la he reconocido como tal. Me encargaré de esos rumores también. Tu hermano mayor solo tiene que hacerme un favor.
—¿Cuál?
Dani respondió con tono indiferente:
—Ninguno de los negocios de las mujeres que cenaron en la mesa de al lado esta noche podrá entrar al distrito comercial.
Melisa levantó ligeramente una ceja.


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