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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 362

Melisa recuperó el equilibrio y Dani la soltó al instante.

El espacio en la parte trasera de la camioneta no era reducido, pero la presencia imponente de Dani hacía que todo se sintiera mucho más estrecho.

Dani palmeó un espacio vacío sobre la lona impermeable a su lado.

—Siéntate.

Melisa le hizo caso y se sentó, manteniendo cierta distancia.

Dani tomó su chamarra militar y, sin decir nada, se la puso sobre los hombros.

El calor y el aroma del hombre disiparon de inmediato el frío del viento nocturno.

—No tengo frío —intentó rechazarla Melisa por instinto.

—El viento de la sierra cala hasta los huesos —rechazó Dani de tajo, ccon un tono firme que cerraba cualquier objeción.

No la miró más, sino que levantó la cabeza hacia el cielo nocturno.

Melisa se acomodó la chamarra que aún conservaba el calor de él y siguió su mirada.

La colina estaba alta, lejos de la luz de las fogatas del campamento y de la contaminación visual de la ciudad.

En ese momento, el cielo parecía un inmenso manto de terciopelo azul oscuro, tupido de estrellas brillantes.

La Vía Láctea se distinguía con nitidez, como una franja de luz que cruzaba el cielo, verdaderamente imponente.

Miles de estrellas brillaban, parpadeaban, como si pudieras tocarlas con la mano.

La Osa Mayor colgaba a lo lejos.

La silueta de los cerros bajo la noche estrellada parecía un monstruo dormido, haciendo que el cielo se viera aún más inmenso y misterioso.

—¿Lo ves? —La voz de Dani rompió el silencio de la noche, grave y con un tono rasposo, transmitiendo una extraña calma—. Esto es lo que no podías perderte por nada del mundo.

Dani giró la cabeza para mirar a Melisa.

La luz de la luna y las estrellas iluminaban su perfil, y sus pestañas largas hacían una pequeña sombra bajo sus ojos.

Ella miraba hacia arriba, con el brillo de millones de estrellas reflejado en su mirada; la reserva habitual de Melisa parecía haberse desvanecido ante la inmensidad del cielo, dejando solo un asombro puro y una paz tremenda.

Las yemas de sus dedos, ásperas por los callos y todavía tibias, le arrancaron un leve escalofrío al rozarle la piel.

—Tenías tierrita —dijo Dani con voz tranquila, como si nada.

Su movimiento fue de lo más natural y quitó la mano de inmediato, como si ese roce tan íntimo nunca hubiera pasado.

Pero el calor de sus dedos se le quedó marcado a Melisa en la piel.

Ella se frotó con la mano.

Con el viento de la colina les llegó el ruido lejano del motor de un camión, y a lo lejos alcanzaron a distinguir el letrero de transporte refrigerado.

Melisa entrecerró los ojos hacia el camino del cerro.

—¿A esta hora todavía hay entregas en el hotel?

Dani también echó un vistazo y frunció el ceño.

—Qué raro, los víveres se surtieron desde antier. Voy a mandar a alguien a checar qué onda.

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