Melisa guardó el celular, buscó con la mirada y ubicó el jeep estacionado en una colina con excelente vista. Se levantó y caminó hacia allá tranquilamente.
No había avanzado ni la mitad del camino cuando un grupo de chicos y chicas le bloqueó el paso.
—Melisa, ¿no puedes quedarte quieta de una vez? ¡Ya lo tienes todo! ¿Por qué no dejas a Yori en paz?
La líder del grupo era Patricia Vega, la principal seguidora de Yori. Ya habían tenido roces en las clases de regularización. Patricia sabía que Melisa venía de una familia con dinero, pero comparada con los Soto seguía siendo poca cosa.
Melisa alzó una ceja.
—¿Qué se supone que tengo que dejar en paz?
—El coronel Soto solo se te acercó para darle celos a Yori y obligarla a aceptar su propuesta de matrimonio —aseguró Patricia—. Te aconsejo que no te le acerques. Él no te ama en lo absoluto.
Melisa la miró sin cambiar de expresión.
—Ah. ¿Ya terminaste?
Al ver la actitud tan relajada de Melisa, Patricia apretó los dientes.
—Mira, es mejor que tomes en serio mi advertencia. Por muy heredera que seas, Yori puede hacer que tu familia quiebre en un segundo.
—¿Hacerme quebrar? Melisa sonrió con burla. —Vaya, qué poderosa.
Inclinó un poco la cabeza y observó al grupo de adolescentes con una calma absoluta; hacían mucho ruido, pero no representaban ninguna amenaza real. Estaban tan lavados del cerebro por Yori que daba pena.
—¡Así es! —Patricia, creyendo que había intimidado a Melisa, levantó la barbilla—. ¡Yori será la matriarca de los Soto! ¡Alguien inalcanzable para ti! ¡Si eres lista, aléjate del coronel Soto y no te busques problemas!
Melisa soltó una carcajada seca. Su risa sonó fría y cortante.
—Pues hazme el favor de decirle a tu amiguita que estaré esperando que me deje en la calle con una sola palabra.
Mientras veían a Melisa alejarse, Patricia sintió una frustración inmensa. Pateó el pasto con rabia.
—¡De qué presume esta estúpida! Y Yori también, ¡tiene la cabeza hueca! ¿A quién se le ocurre rechazarle una propuesta al coronel?
Uno de sus amigos trató de calmarla:
—Ya, bájale. Nuestras familias todavía necesitan a la mamá de Yori para expandir los negocios. Solo a través de ella podemos acercarnos a los Soto. Hay que aguantarnos si queremos hacernos ricos.
Al recordar eso, Patricia suspiró y se tragó su coraje.
—Tienes razón.

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