Los tres guardaespaldas unieron fuerzas para bloquear a la mujer en la puerta, intentando arrastrarla hacia afuera.
—Esperen.
Melisa apartó las cobijas e intentó levantarse de la cama, olvidando por completo que aún tenía la aguja del suero clavada en el dorso de la mano. Nicanor se asustó tanto que le sujetó los hombros de golpe.
—¡No te muevas! ¡Todavía tienes el suero puesto!
Mateo también sintió un vuelco en el corazón y le sujetó la esquina de la cobija.
—¿Conoces a la señora que está haciendo un escándalo allá afuera?
Melisa asintió con la cabeza, bajó la vista hacia los pies descalzos de la mujer y frunció el ceño.
—Se llama Catalina, trabaja en la cocina de la hacienda. Ella fue la que vio que había un oso y me avisó a tiempo; si no, hubiera ocurrido una tragedia con los estudiantes.
—¿Y se bajó corriendo sola desde la sierra? —Orfeo también notó los pies descalzos de Catalina y se quedó perplejo—. Está lejísimos de aquí. Seguro lleva caminando todo el día desde anoche.
Mateo hizo un gesto con la mano.
—Suéltenla, dejen que pase.
Los guardaespaldas la soltaron y Catalina corrió hasta el borde de la cama. Al ver el brazo y la pierna lastimados de Melisa, puso una expresión de profunda angustia y acarició suavemente el vendaje de su brazo.
—Ya pasó, mi niña.
—¿Bajaste hasta acá solo para verme? —preguntó Melisa en voz baja—. ¿Por qué? Yo no soy tu hija.
Melisa no lograba entender por qué Catalina la había tratado de forma tan diferente desde el primer momento en que se vieron. Había cientos de estudiantes en la hacienda La Esperanza, y a ninguna otra le había dicho «cariño». Solo a ella.
¿Por qué?
Por supuesto, Catalina no entendía lo que le decía; lo único que sabía era que le dolía ver a Melisa herida. Sacó de su bolsillo dos huevos y una cajita de leche aplastada que había traído desde la hacienda, y los dejó junto a la mano de Melisa.
—Termina de comer y mamá te va a llevar lejos —Catalina le acarició el cabello, con una mirada llena de ansiedad—. Te voy a llevar muy lejos, para que no te lastimen, para que no te mueras.
Melisa sintió un nudo en la garganta.
—Yo no soy tu hija.
Si Catalina realmente fuera su madre biológica, sus tres hermanos ya habrían pegado el grito en el cielo. Sin embargo, solo la observaban con una mezcla de duda y vigilancia, listos para intervenir si su estado emocional inestable ponía a Melisa en riesgo.
—¿Ustedes la conocen?
Melisa aceptó el gesto de Catalina, se comió uno de los huevos que ya estaba completamente frío y miró a sus hermanos.


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