Las pestañas de Melisa temblaron levemente y respondió con un suave:
—Sí.
Sus tres hermanos eran hombres extremadamente ocupados, con responsabilidades importantes. Después de acompañarla durante un par de días, tuvieron que marcharse para retomar sus obligaciones.
Durante esos días, Dani no apareció por el hospital, lo cual era bastante inusual. Tampoco le mandó ningún mensaje; parecía haberse esfumado por completo.
A Melisa le pareció un poco extraño, pero asumió que estaba resolviendo el problema de los osos en la zona de la hacienda. Aprovechó el tiempo en su habitación para revisar el proyecto de «Plaza del Roble» que le había dejado su hermano mayor. El documento ya confirmaba que una joven actriz llamada Alba sería la imagen oficial de la plaza y aparecería en las próximas campañas publicitarias. Además, varias de las marcas que querían instalarse ya habían enviado sus respectivas evaluaciones; eran varias páginas repletas de texto.
Todas esas marcas aún estaban pendientes de revisión. El comité evaluador tomaría una decisión general y los resultados de las empresas seleccionadas se anunciarían directamente en vivo.
Después de leer el proyecto, Melisa se desperezó, se bajó de la cama con cuidado y se sentó en una silla de ruedas eléctrica para ir a dar una vuelta por los jardines del hospital.
El elevador exclusivo para la zona VIP estaba en mantenimiento de rutina ese día, por lo que a Melisa no le quedó de otra que cruzar el pasillo largo que conectaba con el edificio de pacientes regulares para poder bajar.
Apenas llegó al piso de la zona general, vio a lo lejos que la estación de enfermeras estaba rodeada por un montón de familiares. Estaban golpeando el mostrador y gritándoles insultos a las enfermeras.
Aunque no estaba tan cerca, Melisa escuchó con total claridad cómo varias de esas personas gritaban su nombre.
—¡Yo lo que quiero es a Melisa! ¡Díganme en qué maldito cuarto está!
—¡Esa mujer dejó a mi hija casi muerta! ¡Le van a tener que amputar la pierna! ¡¿Y ustedes están encubriendo a una criminal?!
—¡Se los advierto! ¡Si no me la traen ahorita mismo, de este hospital no me mueven!
Melisa levantó una ceja y avanzó con la silla de ruedas hacia el alboroto.
El grito agudo de la señora hizo que todos se estremecieran. Se abalanzó hacia adelante, a punto de clavarle el dedo en la cara a Melisa.
—¡Eres una maldita víbora! ¡¿Ya viste cómo dejaste a mi hija?! ¡Su pierna! ¡Por poco y la pierde! ¡El doctor dijo que aunque sane, va a quedar con una discapacidad de por vida! ¡¿Cómo te atreviste a empujarla?!
Casi le escupió en la cara a Melisa al hablar.
De inmediato, uno de los guardaespaldas dio un paso al frente. Su cuerpo, inmenso como un muro de hierro, se interpuso ante la madre de Patricia, lanzándole una mirada fría y extremadamente intimidante.
La mujer se asustó por la presencia del hombre y, por inercia, retrocedió medio paso, pero el odio en su rostro no disminuyó en lo absoluto.
—¡Háganse a un lado! ¡Pinches perros falderos que solo sirven para lamerle las botas a los ricos! —rugió el papá de Patricia, acercándose también y gritándole al guardaespaldas—. ¡Ahí tienen a una asesina y la están protegiendo! ¿Nada más porque es una niña de dinero? ¡¿Dónde está la justicia?! ¡Quítense! ¡Hoy mismo voy a hacer que esta maldita baje la cabeza y le suplique perdón a mi hija!

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