—Yori todavía es muy joven, no entiende del todo cómo funciona el mundo y necesita tiempo para madurar —respondió Vasco—. Si sigo con vida, es porque su abuela dio la suya por mí. Le prometí en su lecho de muerte que mi nieto se casaría con una mujer de su familia para asegurarle un futuro sin carencias.
»Esta será la única vez que tolere sus berrinches y sus maldades.
En realidad, Vasco estaba al tanto de toda la verdad, pero según sus creencias, todo el mundo cometía errores; y mientras aprendiera de ellos, seguiría siendo una buena muchacha.
—El que obligaras a la familia de su compañero a declararse en quiebra e hicieras públicas sus verdaderas intenciones, prácticamente le arruinó la vida.
Melisa miró el documento del contrato minero con expresión pensativa.
Luego se dirigió a Leopoldo.
—Abuelo, esto es muy importante para mi hermano mayor, ¿verdad?
Leopoldo aún no estaba enterado del escándalo que Patricia y los demás habían armado en el hospital, así que asintió.
—La verdad es que sí. Pero, sigo sin entender de qué va todo este trato.
Al obtener una respuesta afirmativa, Melisa levantó el documento.
—Ya que es una colaboración importante para Mateo, cambiarla por unos locales en la Plaza del Roble no sería un mal trato. Yo...
—¿Cuál buen trato ni qué nada?
Antes de que pudiera pronunciar la palabra «acepto», una voz desde la entrada la interrumpió. Nicanor entró cargando una caja de regalo lujosa, y su tono destilaba una furia apenas contenida.
Ignoró por completo a Vasco y a Leopoldo en la sala, caminó a zancadas hasta Melisa y azotó la caja contra la mesa de centro con un golpe seco.
—¡El que se mete con mi hermana la paga! —exclamó Nicanor, sin levantar mucho la voz pero con una firmeza absoluta—. ¿Metales raros? ¡Esas son pendejadas comparado con lo que le hicieron pasar a mi hermana!
Se giró bruscamente hacia Vasco, con una mezcla de furia y desprecio que no intentó ocultar.


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