Melisa ladeó la cabeza.
—¿Qué esperabas? Tu estado de salud no te permite fumar demasiado, pero este saco apesta a tabaco. Es obvio que le has estado dando duro al cigarro últimamente, ¿y supongo que también tiene nicotina?
Dani se quedó sin palabras. Después de un buen rato, explicó en voz baja:
—He estado bajo mucha presión últimamente.
—¿Es por el responsable de soltar al oso? —preguntó ella.
Dani asintió con un simple sonido, pero en el fondo ni siquiera estaba pensando en el oso. La tenía a ella metida en la cabeza.
Tener que alejarse de Melisa porque no podía protegerla lo hacía sentir miserable. Solo encontraba consuelo ahogando esa frustración en tabaco y alcohol.
—¿Ya hay alguna pista? —insistió Melisa.
—Aún no, el asunto es bastante complicado —Dani apretó los labios—. Deja de hacer tantas preguntas sobre mí. ¿Y tú qué tal?
Melisa dobló el saco y lo puso a un lado.
—Yo estoy muy bien.
—¿Bien de qué? —Dani detuvo la camioneta a la orilla del camino y se giró para ver el estado desaliñado de su ropa—. Te dejo sola un rato y siempre terminas siendo el blanco del odio de gente que ni conoces.
Melisa parpadeó, confundida.
—¿Eh?
Ella no tenía ni idea de la conversación que Leopoldo había tenido con él. Dani soltó un suspiro interior y continuó:
—Ya investigué todo lo que están diciendo de ti en internet. Varias direcciones IP tienen transferencias de la misma cuenta bancaria.
Melisa miró por la ventana, pues ya tenía sus sospechas.
—La jefa de Tobías. Alicia, la directora artística de Luz Dorada Films.
—Qué lista —la elogió Dani.
—Pero, ¿cómo le hiciste para revisar sus movimientos bancarios? —lo miró fijamente—. ¿Los militares pueden usar sus influencias para eso?
Dani hizo una pausa y luego esbozó una sonrisa de lado.
—Digamos que rompí las reglas por ti. ¿No me vas a dar las gracias?
En realidad, no fue así. Solo había utilizado otra de sus redes de contactos secretas.
Melisa lo pensó un momento.
—¿Qué quieres a cambio?
—Te quiero a ti —Dani hizo una pausa y luego bajó la voz—. Quiero que te mantengas lejos de mí.
Melisa guardó silencio.
Pasó un rato antes de que ella respondiera.
—Fuiste tú quien se acercó a mí.
—No pude evitarlo.
Dani estacionó frente a la casa de los Núñez. Bajó y le abrió la puerta. Al ver la costra todavía marcada en la muñeca de Melisa, sintió una punzada de culpa.
—Melisa, mantente lejos de mí. Es mejor que me odies un poco.
Melisa sonrió con tranquilidad.
—No pasa nada. ¿De qué estaban platicando?
—Oh, vino a pedirle a tu hermano mayor unos locales en la Plaza del Roble. Como el muchacho ha estado muy ocupado estos días, no he podido contactarlo —explicó Leopoldo.
Melisa arqueó una ceja.
—¿Los quiere para Yori? Vaya, señor Soto, sí que se toma muy en serio su compromiso con la familia de esa muchacha.
Notando el sarcasmo en su tono, Vasco respondió:
—Sé que estás molesta, y sé que hay algunos malentendidos entre Yori y tú, pero por el respeto que me tienes...
—Ni de chiste —lo cortó Melisa sin titubear—. Si usted no pone en cintura a su gente, yo lo haré por usted.
—El que hace algo malo, tiene que pagar las consecuencias —sonrió con frialdad—. O bien, puede seguir limpiándole su desastre.
Vasco ya se esperaba que no accederían tan fácilmente. De su portafolio sacó un documento no muy grueso, pero con un sello especial en la portada.
—Tu hermano mayor lleva tiempo intentando cerrar el proyecto de extracción de metales raros en Oro Valle y nomás no puede. Yo tengo algunos contactos allá y puedo echarles la mano.
Al ver el documento del proyecto minero, la mirada de Melisa se volvió indescifrable.
El valor de eso superaba con creces los locales que Yori estaba pidiendo. Ni siquiera jugaban en la misma liga.
De pronto, empezó a sospechar.
—¿Por qué defiende a capa y espada a una chica tan maliciosa como Yori? —le preguntó sin pelos en la lengua.

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