Mateo temía que Melisa le diera demasiadas vueltas al asunto e intentara meterse a ayudar, así que le explicó de forma resumida:
—Me ha tocado lidiar con muchas broncas. Los microchips del país siempre han dependido de las importaciones y eso nos limita muchísimo. Quiero cambiar la situación, pero no está fácil. Aún así, eso no es algo de lo que tú debas preocuparte. Para eso estamos tus hermanos. Tú dedícate a estar feliz y no te estreses, ¿va?
Melisa bajó la mirada con una expresión de ternura.
—Bueno, entonces te voy a preparar una mezcla de hierbas. Cuando salgas de viaje, tómala caliente en un termo. Te ayudará a sentirte mejor y a no resentir tanto el cansancio.
Mateo se conmovió de inmediato por las atenciones de su hermana. ¡Era una muchacha maravillosa! Y esos infelices de los Serrano no habían sabido valorarla. Ahora que lo pensaba, dejarlos vivir en la miseria era un castigo demasiado blando.
—Gracias, Melisa.
En cuanto colgó la llamada, a Mateo se le borró la sonrisa y le preguntó a Enrique con voz fría:
—¿Ya quedó resuelto el asunto con Dani?
Enrique asintió.
—Ya quedó. Tanto la madre biológica de Yori como la impostora van en camino al evento. Cuando lleguen, todas sus mentiras se van a venir abajo y todo lo que le hicieron a la señorita se les va a voltear en contra.
Mateo asintió; su voz sonó fría y tajante, propia de alguien acostumbrado a mandar.
—Quiero que esa tipa pague con creces todo el daño que le hizo a Melisa.
Enrique bajó la mirada.
—Yo me encargo de que así sea. Pierda cuidado, jefe.
***
Al día siguiente.
Ya era la hora de la cirugía, pero Tobías no aparecía por ningún lado. Melisa le marcó a su celular; la primera llamada sonó, pero nadie contestó. Cuando intentó una segunda vez, el teléfono ya estaba apagado y la mandaba directo a buzón.
—¿Se habrá echado para atrás a la mera hora? —le preguntó Gilberto.
Melisa negó con la cabeza.
—Imposible. Su voz lo es todo para él, ni loco dejaría pasar la oportunidad de curarse.
El anestesiólogo que estaba a un lado preguntó extrañado:
—Entonces, ¿qué pasó? ¿Dónde se metió? No creo que lo hayan secuestrado, ¿verdad?
Melisa lo miró con expresión pensativa, lo que hizo que el anestesiólogo se apresurara a aclarar:
—¡Es broma! ¿Quién querría secuestrarlo?
—Voy a salir —dijo Melisa. Se quitó la bata blanca con agilidad y la aventó al respaldo de la silla, dejando ver un pantalón y blusa oscuros. Sus movimientos fueron precisos. Se dio la media vuelta y lanzó una última orden—: Mantengan el equipo de cirugía listo para usarse.
Melisa regresó a su sala privada, sacó una laptop de repuesto del cajón y comenzó a teclear con rapidez. En la pantalla, las líneas de código se sucedían una tras otra sin parar.
Aunque el celular de Tobías estuviera apagado, la primera llamada que había entrado dejó un rastro con su ubicación en la red.


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