Dentro de la fábrica abandonada.
Tobías estaba amarrado a la fuerza en una silla metálica y helada. Tenía la boca tapada con cinta industrial y en sus ojos ardía una mezcla de humillación y rabia.
—¡Suéltenme! ¡Les pago lo que sea! —gritó a duras penas.
Un tipo vestido con ropa de trabajo gastada le contestó con un acento pueblerino que a Tobías le resultó extrañamente familiar.
—Los que nos dedicamos a esto somos bien derechos con los tratos. ¿Quién te manda a meterte con quien no debías? Aparte, les estabas arruinando los planes a la parejita.
Un tipo gordo que estaba a su lado le agarró la cara a Tobías, mirándolo con puro morbo.
—Dejarlo mudo y venderlo en la frontera deja más lana que traficar chamacos. Mírenle la carita, es famoso. ¡Va a sobrar quién pague buena plata por divertirse un rato con él!
En las caras de los secuestradores se veía la malicia pura y la emoción de estar a punto de salirse con la suya.
—Ya apúrenle.
El tipo gordo destapó una botella de vidrio y un olor a ácido penetrante inundó el aire al instante.
A Tobías se le abrieron los ojos de puro terror. Empezó a sacudirse con desesperación, haciendo que las patas de la silla rechinaran contra el piso de cemento. Dos matones lo agarraron con fuerza, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás, dejando su frágil garganta expuesta al líquido corrosivo que el gordo sostenía.
—¡Agárrenlo bien! ¡Que no se mueva! —gritaron los hombres, emocionados. El gordo inclinó la botella y, justo cuando el ácido estaba a punto de caer...
¡ZAZ!
Un estruendo brutal sacudió toda la fábrica. Las pesadas puertas de lámina se doblaron hacia adentro como papel, golpeadas por una fuerza salvaje, hasta salir volando junto con pedazos del marco.
Una motocicleta pesada irrumpió en el lugar como una bestia de acero y se fue directo contra los matones que rodeaban a Tobías.
—¡En la madre! —gritó el gordo, cagado de miedo. La botella de ácido se le resbaló de las manos mientras él salía volando por el impacto. Chocó contra un montón de chatarra en una esquina como si fuera un costal de papas, soltando un alarido de dolor al escucharse el crujido de sus huesos rotos.
La moto derrapó con una maniobra espectacular después de embestir al tipo y se frenó a menos de un metro de Tobías, con el motor rugiendo.

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