Yori vio la sorpresa y la decepción que la mamá de Patricia y los demás no podían ocultar, y sintió un nudo en el estómago.
Conocía demasiado bien esa mirada. Reprimiendo el pánico y la humillación, esbozó una sonrisa que consideró adecuada, se adelantó a paso rápido y les entregó las tres invitaciones que llevaba en la mano:
—¡Señora, señor, una disculpa de verdad! Tuvimos un pequeño contratiempo en el camino y se nos hizo tarde. ¡Miren, aquí están las invitaciones! ¡Dani me dio tres especialmente para nosotros! ¡Rápido, entremos, la licitación está por comenzar!
Aunque la mamá de Patricia y los suyos seguían llenos de dudas, al ver las invitaciones frente a ellos, la enorme tentación de los locales comerciales opacó cualquier sospecha.
—¡Perfecto, perfecto! —La mamá de Patricia tomó las invitaciones de inmediato, y la desconfianza en su rostro fue reemplazada por pura avaricia, como si ese pedazo de papel fuera la llave del paraíso—. ¡Sabía que podíamos contar contigo, Yori! ¡Vamos, vamos, entremos rápido!
De inmediato, la mujer llamó a los otros dos padres de familia con mayor estatus y se apresuró a entrar.
Yori soltó un suspiro de alivio; al menos había logrado despistarlos.
Se arregló un poco la falda arrugada, intentó enderezar la espalda y siguió a la mamá de Patricia, intentando recuperar un poco de su actitud de niña rica.
Si se había atrevido a presentarse esa noche, era porque don Vasco supuestamente ya había dejado todo arreglado. Además, estaba convencida de que ni los principales miembros de la familia Soto ni los de la familia Núñez asistirían a la licitación. Nadie iba a descubrir su mentira. Solo necesitaba que ese grupo de padres ambiciosos consiguiera los locales para que Patricia Vega y sus compañeras siguieran guardándole el secreto.
Gracias a las tres invitaciones que llevó Yori, la mamá de Patricia y su grupo por fin lograron colarse al evento.
Sin embargo, descubrieron que los habían acomodado en el rincón más alejado, en una zona marginal con pésima visibilidad. Desde ahí, el podio principal se veía a kilómetros de distancia.
—Oye, Yori, ¿no que eres la novia de Dani Soto? ¿Por qué te dieron unos lugares tan feos? —La decepción de la mamá de Patricia creció—. Si me levanto a hablar desde aquí, ni siquiera me van a ver la cara.
Yori apretó los puños. Toda la frustración que había acumulado durante el día explotó en ese momento.

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