Melisa llegó al sótano en las escaleras eléctricas. A diferencia de la iluminación elegante, el lujo y la tranquilidad de los pisos superiores, esta zona era un mundo aparte. Estaba bien iluminada, sí, pero los locales estaban amontonados unos con otros. Vendían ropa con descuento, baratijas, cosas variadas y comida rápida. El aire olía a una mezcla de fritangas y perfumes baratos, un contraste total con el ambiente de alto nivel que se respiraba arriba.
Mientras que en las tiendas de lujo casi no se veía gente, allá abajo el pasillo estaba lleno de personas normales, familias con niños paseando o haciendo sus compras.
En comparación con el resto de la plaza, el sótano estaba llenísimo de vida.
Melisa caminó sin prisa hasta Comercial Novierra y se detuvo en la entrada. Se dio cuenta de que la tienda estaba encajada entre un local de ropa para bebés y un McDonald's, lo cual le quitaba cualquier rastro de prestigio a la marca. El lugar no era muy grande y, aunque la ropa exhibida en el aparador era nueva, las telas y los estampados no lucían mal bajo los focos, pero el diseño y las combinaciones no tenían ningún chiste.
La tienda estaba iluminada con una luz blanca y pálida que hacía que los montones de ropa se vieran todavía más corrientes.
Apenas había clientes: solo una chica parada frente a un perchero, viéndose indecisa, y una señora con su hija checando unos accesorios cerca de la caja.
Melisa reconoció a la chica y empujó la puerta para entrar. Sonó una campanita que anunciaba su llegada, pero ningún empleado se asomó a recibirla. Sin embargo, la chica del perchero volteó a mirarla y su cara de confusión se transformó en una sonrisa emocionada.
—¡Melisa!
Teresa soltó la ropa que sostenía y se acercó corriendo, con los ojos brillando como si estuviera viendo a su artista favorita.
—¡Qué sorpresa encontrarte aquí! ¿También vienes a comprar ropa?
—Así es. ¿Tú también andas viendo qué comprar? —le preguntó Melisa con amabilidad.
Teresa asintió con entusiasmo.
—Sí, ya soy clienta frecuente de esta tienda.
Melisa levantó la mano para tocar un suéter tejido que colgaba cerca de ellas.
—¿De verdad? Nunca te he visto usar nada de aquí. La ropa que traes puesta está mil veces más bonita.
Al escuchar eso, Teresa bajó la voz y se acercó a susurrarle al oído:
—Es que vengo, compro las prendas, me las llevo a mi casa y las rediseño por completo.


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