Mientras la empleada hablaba, le daba una barrida de pies a cabeza a Melisa, juzgando su ropa deportiva de lo más equis, y luego a Teresa, con su atuendo de diseño exótico y claramente alterado. Eso la convenció de que no eran más que un par de estudiantes muertas de hambre que solo iban a curiosear sin gastar un peso.
Teresa dio un brinco por los gritos de la mujer. Se puso rojísima, muerta de coraje.
—Oiga, ¿por qué nos habla así? Solo estamos viendo la ropa, ¿qué tiene de malo checar la tela? ¡Es nuestro derecho como clientas! Aparte, esto no se echa a perder tan fácil. ¡He comprado aquí un montón de veces! ¡Hasta tengo mi tarjeta de cliente frecuente!
—¿Cliente frecuente? Pues este suéter cuesta casi dos mil pesos, es de cachemira pura. ¿Lo vas a llevar?
—Y-yo no tengo ganas de comprar un suéter tejido ahorita —replicó Teresa, enojada—. ¡Y no es que no me alcance, solo estaba comparando la tela! ¡Qué pésima actitud tiene con sus miembros VIP!
Ahora que la familia de Teresa estaba recibiendo unas ganancias enormes gracias al proyecto de Menta Nevada, el dinero no era problema para ella. Prácticamente se había convertido en una niña rica. El detalle era que, aunque le sobraba la lana, prefería no vivir rodeada de lujos. Esa solvencia le daba toda la seguridad para decir que podía comprarlo, pero tristemente, la gerente no se tragaba el cuento.
La mujer soltó una carcajada burlona y puso los ojos en blanco.
—¡Ay, por favor! ¡Yo nunca te había visto por aquí! ¡Pura boca la tuya! ¿Derechos como clienta? ¡Para mí que nomás vienen a dar lata! Órale, suelten la ropa y váyanse a volar. Si me echan a perder algo, no van a tener con qué pagarme.
Estaba gritando tan agudo que la señora y la niña que andaban viendo collares voltearon a verlas con cara de espanto.
La mirada de Melisa se volvió de hielo al instante. Ahora entendía a la perfección por qué Comercial Novierra estaba en picada. ¿Quién le daba a una simple vendedora el valor de ponerse así de prepotente?
Devolvió el suéter al perchero con movimientos tranquilos, pero de pronto, su presencia se volvió asfixiante e intimidante.
Se dio la vuelta y clavó una mirada glacial en el gafete que colgaba del pecho de la mujer.
Lilia Salas. Se apellidaba Salas.
Melisa detuvo su vista ahí y, de golpe, todo le hizo sentido.
Era una parásita colocada por influencias, exprimiendo la marca en su propio beneficio. Con razón tenía esa actitud tan pedante.
—Este es un negocio abierto al público. ¿Así es como Comercial Novierra trata a la gente? —La voz de Melisa no era alta, pero cargaba una autoridad pesada que opacó por completo los gritos chillones de la gerente—. ¿Gritándole a las clientas sin motivo, acusándolas de mentirosas y asumiendo que no tienen con qué pagar?
Lilia sintió un escalofrío al chocar con los ojos gélidos de Melisa, pero su arrogancia y el prejuicio de verlas como un par de pobretas la hicieron aferrarse a su pose. En lugar de achicarse, se encendió de rabia.


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