Melisa esbozó una media sonrisa.
—Yo me encargo de solucionarlo.
Al día siguiente.
Los altos mandos de Comercial Novierra recibieron un correo de Melisa.
Llegaría esa misma tarde para asumir su cargo de forma oficial.
En cuanto a la comida de bienvenida, quedaba cancelada; en su lugar, convocó a todos los directivos y accionistas a una junta general, añadiendo una advertencia muy clara: las consecuencias de no asistir correrían por su cuenta.
La actitud de Melisa causó gran molestia entre los miembros de la familia Blanca.
Nadie se tomó en serio su correo.
Su llegada a la empresa fue delegada sin mayor importancia a una recepcionista, dándole instrucciones de que la acomodara en cualquier sitio.
A la una de la tarde, Melisa llegó puntual a la planta baja del corporativo de Comercial Novierra.
Llevaba un traje sastre impecable, el cabello recogido y, antes de entrar, alzó la vista hacia el edificio ubicado en los límites de Santa María.
No era muy alto, pero su diseño exterior era tan llamativo que varias chicas estaban afuera tomándose fotos para sus redes.
Melisa pasó junto a ellas, escuchando las risas y un comentario bastante claro:
«El edificio está increíble, lástima que su ropa sea una completa basura».
Entró por la puerta giratoria y se acercó a la iluminada recepción.
La joven encargada estaba con la mirada clavada en su celular, viendo videos.
No fue hasta que Melisa golpeó el reluciente mostrador tres veces con los nudillos, produciendo un sonido seco, que la recepcionista levantó la vista con pereza.
—¿Qué se le ofrece? —preguntó con evidente fastidio.
—Soy Melisa. Vengo a asumir mi puesto. —La voz de Melisa era monótona, pero cargaba una frialdad imposible de ignorar.
La recepcionista se quedó pasmada un segundo, recordando de inmediato las vagas instrucciones que le habían dado sus jefes.
Sabía que esta era la chica del correo.
Hizo una mueca de desdén, tomó una tarjeta de acceso recién impresa y la arrojó sobre el mostrador sin siquiera mirarla a los ojos.
—Ah, la nueva directora, ¿no? Aquí tiene su tarjeta. Su oficina está... a ver, al fondo del pasillo del área B, a la izquierda. Búsquela usted misma. Me dijeron que andamos cortos de espacio, así que le asignaron una oficina temporal.
La recepcionista recalcó con burla las palabras «directora» y «temporal».
Melisa tomó la delgada tarjeta de plástico, dándole un rápido vistazo al gafete de la mujer: Luisa.
No dijo absolutamente nada y se dirigió hacia el área B.
Melisa se quedó en el umbral, sin dar un solo paso hacia adentro.
Paseó la mirada por la habitación y, lejos de mostrarse humillada o furiosa, sus labios se curvaron lentamente en una sonrisa.
Era una sonrisa hermosa, pero tan fría que ponía a cualquiera en alerta.
—Con que el «éxito» de Comercial Novierra se refleja en la ocupación de sus cuartos de limpieza —dijo Melisa, sin alzar la voz, pero sus palabras fueron como cuchillos afilados directo a los oídos de Morán—. Qué comité de bienvenida tan original.
La falsa sonrisa de Morán se esfumó.
La reacción de Melisa no era para nada la que esperaba.
—Con razón las chicas de afuera dicen que este edificio es pura fachada —añadió Melisa, dándose la vuelta y entregándole la carpeta que traía en las manos. De paso, miró su reloj—. Falta una hora para la junta. ¿Ya está lista mi sala de juntas?
Morán casi se ahoga del coraje ante el insulto, pero por instinto tomó la carpeta.
—La sala del último piso está ocupada hoy.
—Se los confirmé por correo con anticipación. ¿Ni siquiera eres capaz de coordinar algo tan simple? —Melisa la miró fijamente, con una expresión vacía—. Es evidente que tu capacidad no da el ancho para el puesto que ocupas.
Desde que cruzaron palabra, esa mocosa no había dejado de burlarse de ella.
Morán, furiosa, le contestó:
—¿Y qué si es así? ¿Me vas a despedir?

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