Dani no dijo nada. Rápidamente encontró un tronco robusto cerca de ahí, ató una cuerda y se sujetó el otro extremo al cuerpo. Luego bajó con cuidado por la resbaladiza pared de roca.
Uno de sus pies se hundió en el agua en cuanto llegó frente a Melisa. Ella lo miró, parpadeando con debilidad.
Creía que él iba a regañarla, pero no pronunció palabra. Simplemente pasó un brazo por su cintura, la levantó y la amarró a su cuerpo. Acto seguido, sujetó la cuerda y comenzó a subir poco a poco.
El granizo golpeaba con un sonido sordo su casco y sus hombros, pero su ancha espalda lograba escudarla de casi todo el impacto.
Una sensación de seguridad inmensa, que jamás había experimentado, la envolvió como una corriente cálida que rompía el hielo, abrigando su corazón, que ya estaba acostumbrado a soportar todo por su cuenta.
Nunca se había dado cuenta con tanta claridad de que podía confiar ciegamente en el hombre que tenía enfrente.
Sin importar lo peligroso que fuera, él siempre la encontraría.
Al llegar al borde del pozo, Dani desató la cuerda, sacó una manta térmica de su mochila y envolvió a Melisa para que recuperara calor corporal. Luego se la cargó en la espalda y avanzó con pasos lentos hacia la salida.
Con la barbilla apoyada en su hombro, ella rompió el silencio que habían mantenido.
—¿Por qué viniste? ¿Tanto te gusto? Estuviste dispuesto a arriesgar tu vida.
La respuesta de Dani fue corta, apenas un sonido afirmativo.
—Sí.
—Entonces, ¿quieres que lo intentemos? —le preguntó Melisa.
Dani detuvo el paso por un segundo y giró ligeramente la cabeza. Podía sentir la respiración agitada y cálida de ella contra su cuello.
—Eso es asunto mío. No tiene nada que ver contigo —dijo él.
Jamás tuvo la intención de obligarla a corresponder sus sentimientos; después de todo, él era un hombre rodeado de peligros.
Además, nunca había buscado que ella se entregara a él como un pago por haberle salvado la vida.
Había un largo trecho desde el foso hasta la salida. Afortunadamente, el clima se estabilizó bastante durante el trayecto y no hubo más contratiempos.
Dani la cargó a cuestas durante dos horas de caminata ininterrumpida hasta llegar cerca de la salida, donde fueron recibidos por el equipo de rescate.
Múltiples luces los iluminaron, acompañadas por los gritos eufóricos de la gente.
—¡El coronel sigue vivo!
—¡La señorita Núñez también! ¡Lograron volver vivos!

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