Todos habían presenciado el rastro interminable de sangre. Nadie lograba explicarse de dónde había sacado Dani la fuerza de voluntad para traer a Melisa de vuelta a salvo.
—Su pierna está muy lastimada y sufre de hipotermia, pero la situación está controlada —respondió Orfeo.
Leopoldo dejó escapar un suspiro profundo.
—Esta vez, estamos en deuda con él.
—¿Cómo que en deuda? —intervino Nicanor—. Él también le debe la vida a ella. Si no fuera por la medicina de nuestra hermana, el veneno en su sistema ya lo habría matado hace tiempo.
—Todo ha sido obra del destino —trató de calmarlo Orfeo—. No te pongas a la defensiva. Si Dani no hubiera arriesgado el pellejo esta vez, tanto Mateo como Melisa no la habrían contado. Tenemos que darle las gracias.
Cuando Melisa despertó de su sueño, se dio cuenta de que la habían cambiado a ropa limpia y de que su pierna estaba debidamente curada. Revisó sus heridas por encima y quiso levantarse de la cama para ir a ver a su hermano.
Justo en ese momento, Nicanor entró por la puerta con una bandeja de comida. Al verla despierta, se apresuró hacia ella.
—¿Despertaste, Melisa? ¿Cómo estás? ¿Te duele algo?
Melisa negó con la cabeza.
—No, me siento bien. ¿Dónde está Mateo?
—No te preocupes por él. Gracias a tu antídoto, está estable. Pedí que lo trasladaran en un helicóptero de rescate al hospital para que siga bajo observación. Aquí las condiciones son demasiado precarias. —Nicanor acarició con ternura el rostro aún pálido de la chica—. Casi nos matas del susto a mí, al abuelo y a Orfeo.
—Estoy bien. —De pronto, Melisa recordó cómo Dani se había desmayado en la nieve. Se detuvo un momento y preguntó—: ¿Y Dani? Quiero ir a verlo.
Nicanor le destapó la comida y le alcanzó una cuchara.
—Él está como si nada. Tampoco tienes por qué preocuparte por él. Mejor ponte a comer.
—Quiero ir a verlo primero —insistió Melisa, apartando las mantas para levantarse.
Orfeo sonrió divertido.
—Ni tú ni el abuelo deberían olvidar algo: lo más importante son los sentimientos de Melisa. No la repriman, no intenten controlarla. Déjenla hacer lo que le plazca.
—Pero no me da buena espina, de verdad que no —gruñó Nicanor—. No quiero que se meta en más problemas ni que arriesgue su vida por nosotros. Somos nosotros los que deberíamos protegerla, ¿por qué siento que es al revés?
Al oírlo, Orfeo borró su sonrisa y se puso serio.
—Ese es justo el problema, Nicanor. Tienes que entender que nuestra hermana tiene ciertos bloqueos y una visión muy particular de los vínculos. Lo único que podemos hacer es cuidarnos nosotros mismos, para no ser una carga, y colmarla de cariño.
»Además, tú mismo dijiste que es una francotiradora capaz de acabar sola con una pandilla entera. No la trates como si fuera de cristal.
Nicanor se quedó sin palabras y terminó por guardar silencio.

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