Después del clima inclemente, el sol por fin asomó.
Melisa dirigió su silla de ruedas eléctrica hasta la carpa de Dani. En la entrada, Renato y sus hombres montaban guardia. Iban a anunciarla cuando la vieron acercarse, pero ella les hizo un gesto para que guardaran silencio.
Desde adentro de la tienda, se escuchaba la voz de Jéssica.
Jéssica acomodaba a un lado de Dani unos platillos que había preparado con esmero, hablándole con un tono zalamero:
—Después de un estado tan delicado, lo mejor es comer algo ligero. Te preparé un caldo de pollo y otras cosas nutritivas. Fue una verdadera lástima que la última vez tiraran todo antes de que pudieras probarlo. Ahora sí tienes que comer bastante.
—¿Qué tiraron? —preguntó Dani.
Jéssica fingió un tono despreocupado.
—Nada, que cuando bajaste al señor Núñez de la montaña nevada quise traerte un poco de comida caliente. Pero en el camino me topé con esa tal señorita Serrano... Ella no me dejó dártela y me obligó a botarla.
»No entiendo por qué se trae algo contra mí —suspiró Jéssica—. Solo quería cuidar a mi hijo.
—No es que tenga algo en tu contra —replicó Dani con frialdad, sin dejar entrever ninguna emoción—. Ella tiene sus razones.
Jéssica creía que él se pondría de su lado, pero no esperaba una respuesta tan inclinada a favor de la otra mujer. Le dio bastante coraje, pero no dejó que se le notara en la cara.
—Será.
—No «será». Así es —dijo Dani, tomando el tazón para dar un pequeño sorbo—. Ella es médico. Sabe mucho mejor que tú cómo tratar a los pacientes.
—Claro, es culpa de mi ignorancia —Jéssica apretó un pañuelo entre los dedos, dándose cuenta de que ya no podía sostener una conversación con el hijo que parecía un completo extraño. Se puso de pie y añadió—: Bueno, come tranquilo. Yo me retiro.
—Mhm —respondió él sin interés.
Al salir de la carpa, Jéssica se encontró cara a cara con Melisa. Renato, con gran tacto, se apresuró a intervenir:
—La Doctora Milagro vino a revisar cómo evoluciona el coronel.
Jéssica esbozó una sonrisa forzada.
—Ya veo. Está comiendo ahora, puedes pasar a verlo.
Melisa asintió con un movimiento ligero y manejó la silla de ruedas hasta el interior de la tienda.
Había mucha luz allí dentro, y el olor a desinfectante era más intenso que en el resto del campamento.
Dani estaba medio recostado en una cama de campaña. Tenía una pierna vendada y apoyada en alto. Llevaba una camisa verde olivo sin abotonar que dejaba al descubierto parte de su pecho también cubierto por vendas.
Al oír el zumbido de la silla de ruedas, él levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
—¿Despertaste? —habló él primero, con una voz más grave y ronca de lo habitual—. ¿Cómo está tu pierna?
—No es nada grave —contestó Melisa acercándose a su cama—. Mateo ya está estable. Nicanor pidió un helicóptero para mandarlo al hospital.
—Qué bueno —dijo Dani, bajando la vista para seguir comiendo los alimentos nutritivos que le llevó Jéssica.


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