—Ella no es ajena al tema —soltó Mateo con voz grave y un instinto protector que no dejaba lugar a dudas—. Es mi hermana.
—¿La señorita Núñez?
Todos ahí eran los pesados de Grupo Núñez, así que obvio sabían de la heredera que acababan de encontrar.
De hecho, fue ella la que asistió en su representación a la junta del proyecto de Plaza del Roble.
Aunque no la conocían en persona, ya habían escuchado todos los chismes que corrían en la alta sociedad.
Y había de todo, cosas buenas y cosas malas.
El director de investigación de la empresa tecnológica le habló de mala gana:
—Vaya, la señorita Núñez. Pero, con todo respeto, aunque sea la hermana del jefe, este no es un lugar para que venga a opinar. El tema de los chips no es como jugar a las casitas en Comercial Novierra.
Quedaba claro que el director también estaba enterado de las supuestas tonterías que ella andaba haciendo en Comercial Novierra.
Mateo bajó el tono de voz de golpe.
—Sabino, háblale con respeto a mi hermana.
El director guardó silencio un momento y luego se disculpó:
—Perdón, es que traigo la cabeza hecha un lío y ando a la defensiva. No era mi intención faltarle al respeto a la señorita Núñez.
Melisa les pasó la mirada a todos en la pantalla, viendo sus caras de estrés, de molestia o de desprecio, y volvió a hablar con la misma calma:
—Si me metí, es nada más para confirmar algo. Ese mineral especial del que hablan... ¿se refieren a uno que viene con una toxina brutal y que tiene ciertos elementos radiactivos?
La videollamada entera se quedó en silencio total.
Luego, alguien contestó:
—Así es. Justo de eso estábamos hablando. Fue por lo que el jefe casi se nos queda en la montaña.
—Pero por desgracia, no logré traerlo —suspiró Mateo.
Melisa parpadeó, cayendo en cuenta de algo.
—Aguántame tantito. Voy por una mochila.
Con todo el rollo de curar a su hermano, se le había ido la onda de darle sus cosas.
Salió con las muletas hasta el cuarto donde guardaba sus cosas, agarró la mochila que se había llevado a la mina y se regresó al cuarto de Mateo.
Para entonces, los directores y los ingenieros del otro lado de la pantalla ya estaban perdiendo la paciencia.
Tenían un montón de trabajo atrasado y le estaban pidiendo a Mateo que terminaran la junta.
—No quiero seguir perdiendo el tiempo. Me necesitan en el laboratorio.
—Jefe, yo también me tengo que ir a checar cómo va la bolsa. No se nos puede caer el teatrito ahorita.


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