—Tampoco es el fin del mundo, podemos usar otras telas, aunque el resultado final será una moneda al aire —dijo Rocío, quien aún no sabía nada del plagio, y le dio un par de opciones alternas.
Melisa se quedó pensando un segundo:
—Tengo una bóveda privada en el extranjero. ¿Tienes disponibilidad para viajar?
—¿Eh? Sí, claro —titubeó Rocío un poco—. Este... ¿quiere que vaya de viaje de negocios?
Melisa asintió:
—Sí, aunque es un lugar bastante escondido y solo se llega por barco. Te tomará más o menos una semana ir y regresar. Ve a buscar entre mis cosas, a ver si encuentras alguna tela que nos sirva.
Rocío se sorprendió:
—¿Usted colecciona telas?
Melisa soltó una risita:
—Cualquier cosa que sea cara y bonita termina en mi colección personal. Es un pequeño gusto que me doy. Seguro ahí encontrarás una alternativa mil veces mejor. Quiero que la colección «La Primavera», incluso sin el apoyo de Textiles El Carmen, supere los bocetos originales y se convierta en una obra maestra.
A Rocío le pareció una misión casi imposible. Sabía muy bien que Textiles El Carmen tenía acaparado todo el mercado y los contactos. Conseguir un material superior era un dolor de cabeza, a menos que Melisa tuviera telas de colección de altísima gama.
Algo dudosa, respondió:
—Haré lo que pueda, pero de verdad creo que deberíamos darnos una vuelta por La Esperanza. Tal vez haya algún taller pequeño que también haga ese tipo de tela, aunque sea en menor cantidad.
—Yo me encargaré de ir a La Esperanza —sentenció Melisa—. Tu única misión es ir a mi bóveda y conseguir lo que necesitamos para «La Primavera».
Al colgar, Dani por fin encontró el momento para meterse en la plática:
—La Esperanza es una zona caliente desde hace años. No me late que vayas sola para allá.
El coche se detuvo en un semáforo en rojo.
—No voy por la tela, voy a investigar otra cosa. No conviene hacer bulto, llamaría mucho la atención —le explicó Melisa.
—Voy contigo —Dani le pellizcó suavemente la mejilla y bromeó a medias—: Ahora eres mi novia, no te vas a librar de mí tan fácil.
Se miraron a los ojos por un instante. Dani endureció un poco la expresión y bajó la mano:
—¿No me dejas ir?

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