Claudia había encontrado esos bocetos de pura casualidad. Cuando acompañó a su madre a hacer una auditoría en Comercial Novierra, vio los papeles tirados en el bote de basura del departamento de diseño. Como no entendía ni una palabra de números y finanzas, se puso a curiosear en la basura por aburrimiento.
Al desdoblar una de las hojas arrugadas, se topó con un diseño increíble. Como Joyería Leite estaba buscando colaboraciones para participar en El Torneo Central, no lo pensó dos veces y se robó la idea.
Además, según ella, Comercial Novierra también era un negocio de su madre. ¿Qué tenía de malo agarrar un dibujito? ¿Acaso los diseñadores de ahí iban a atreverse a reclamarle algo?
Le hizo unos cuantos retoques al boceto y se lo enseñó a Camila.
La mujer quedó maravillada con el diseño a primera vista:
—¿Esto lo dibujaste tú?
Claudia apretó los labios y jugó nerviosa con la orilla de su vestido:
—Sí... Creo que es perfecto para el concurso. Podríamos usarlo para aliarnos con Joyería Leite.
Camila la escudriñó con la mirada un buen rato antes de dejar el papel sobre el escritorio:
—Con esa cara de culpa que traes, hasta un ciego se daría cuenta de que tú no eres la diseñadora. ¿Lo sacaste de Comercial Novierra?
Claudia asintió levemente:
—Sí.
Camila bajó la mirada hacia los trazos. Tras pensar unos segundos, le dijo a su hija:
—Siendo cosas de nuestra propia gente, no tiene nada de malo que te las apropies. Si juegas bien tus cartas, este boceto te puede servir de puente para entrar a la familia Leite. Hasta ahora, la que siempre da la cara por ellos es Isabel, pero escuché que su hijo menor ya regresó del extranjero; él es el verdadero heredero. Esta es la última oportunidad que te queda para amarrar a un buen partido.
Como Claudia ya había perdido la oportunidad de enredarse con Ángel y con Dani, entrar a la familia Leite, los joyeros más influyentes del país, era un excelente premio de consolación.
Pero ahora que Melisa se entrometía de nuevo, Claudia, hirviendo del coraje, fue a buscar a Camila.
—Mamá, ¡Melisa está empeñada en arruinarme la vida aquí! ¿No vamos a hacer nada?
—Nunca debimos tener piedad en aquel entonces —Camila dejó escapar un bufido frío, con una mirada letal—. Pero ahora esa niñita tiene contactos pesados; si nos vamos a los golpes, nos va a salir el tiro por la culata. Y como todos los Núñez la tienen en un pedestal, tengo las manos atadas. Si quiere ir a La Esperanza a buscar sus telitas, que vaya. Nadie le va a vender ni un trapo, se dará de topes contra la pared y regresará con la cola entre las patas.
Claudia se mordió el labio y, captando el detalle, preguntó:

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