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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 498

—No hay que confiarnos —advirtió David—. Ese tipo es un ropero. Si estuviera en sus cinco sentidos, no le aguantaríamos ni un asalto. Acuérdate de echar el gas somnífero en el cuarto.

—Ya, vete a arreglar eso. Si nos sale bien esta vuelta, tendremos casa nueva y dinero de sobra —Hilario le dio una nalgada a su mujer y luego le acarició el vientre—. Cuando nazca el niño, nos mudaremos adonde él quiera.

El pestillo de la puerta hizo un suave clic al cerrarse, bloqueando las miradas hipócritas de esa familia.

Melisa sostenía a Dani, que parecía estar a punto de desmayarse de borracho. Justo cuando intentaba acomodarlo en la orilla de la cama, él le sujetó la muñeca con una fuerza descomunal.

El mundo dio vueltas y, en un abrir y cerrar de ojos, la espalda de Melisa chocó contra el colchón duro.

El cuerpo pesado y ardiente del hombre se dejó caer sobre ella. Su respiración caliente, impregnada a alcohol, chocó contra su cuello, haciéndole cosquillas y provocando que encogiera los hombros.

—¿Dani? —susurró Melisa, frunciendo el ceño en tono de advertencia.

—Mmm... —El hombre encima de ella parecía estar completamente bajo los efectos del alcohol. Escondió el rostro en el hueco de su cuello, frotándose ligeramente mientras soltaba un quejido ronco. Sin embargo, sus brazos la rodeaban como tenazas; el agarre era abrumador.

—Creo que tomé de más, no me quedan fuerzas —murmuró arrastrando las palabras. Sus labios hirvientes rozaron por accidente el lóbulo de la oreja de Melisa.

Estaban tan pegados que no cabía ni un alfiler entre ellos. A través de la delgada tela de la ropa, Melisa podía sentir claramente los latidos desbocados de su pecho y su temperatura corporal altísima.

—¿Le pusieron algo a tu trago? —Melisa le tomó el rostro entre las manos, revisándolo con detenimiento y con el ceño fruncido—. Se supone que no deberías bajar la guardia de esta forma.

—No, no creo —respondió él, bajando la cabeza para recargarse en la palma de su mano, frotándose un poco—. Solamente estoy cansado. Quiero dormir un rato, porque al rato seguro no nos van a dejar.

—Pues duérmete un rato —dijo Melisa. Lo soltó y le dio unas palmaditas en la cintura para que se quitara de encima.

Pero el hombre solo se giró de lado, manteniendo un brazo firmemente envuelto alrededor de ella. Con la mano libre, jaló la cobija que estaba a los pies de la cama y los cubrió a ambos.

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