La mujer apartó la mirada de inmediato y se volteó para seguir cocinando.
Melisa señaló hacia la casa de enfrente. —¿A la que tienen a la fuerza es a la vecina?
—No ande inventando cosas —replicó la mujer—. Ya sálgase de aquí, la cena casi está lista.
Sirvieron varios platos de comida casera en la mesa. La mujer jaló un banquito y se sentó en un rincón, apartada de los demás. Al ver a la finolis de Melisa rodeada por los hombres, quienes la trataban con tanta reverencia y le ofrecían tragos, la mujer clavó el tenedor en su plato con rabia.
«¿De qué se ríe tanto la princesita de ciudad?», pensaba, llena de coraje. «¿Se cree muy chingona por venir a jugar a la salvadora? ¡Pobre pendeja, ni se imagina que ya tiene un pie en la tumba!».
El aguacero arreció. A lo lejos, se escuchaba el estruendo sordo de las piedras rodando, un claro aviso de deslaves.
Hilario, acostumbrado a la situación, comentó: —Siempre que llueve fuerte hay deslaves por aquí. Pero no pasa nada, los policías ya saben que esta zona es así y mañana mandan a los bomberos a limpiar el camino. Eso sí, hoy ya no se van a poder regresar, la carretera está peligrosa. Tengo dos cuartos de visitas; obvio no están de lujo como un hotel en la ciudad, pero sirven para pasar la noche.
—Va a tener que aguantarse un poquito, señorita —dijo David con una sonrisa que intentaba parecer tan humilde y sincera como la de Hilario.
Como Melisa solo quería ver qué trampa tenían planeada, aceptó sin dudar. —Pues pasaremos la noche aquí, muchas gracias por las molestias.
—Ya que estamos atrapados, relájese un rato, amigo. Aquí pura gente de campo, nadie le va a hacer nada a la señorita —dijo Hilario, sirviéndole un trago a Dani—. Ándele, un tequilita.
Dani miró a Melisa. —Eso depende de lo que diga la señorita.
Melisa sonrió levemente. —Adelante, de todos modos no podemos irnos. Cena a gusto con ellos y descansa por hoy.

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