El hermano menor también reaccionó. Dejó tirada a la chica, que apenas y respiraba, agarró un garrote de madera y salió tras él.
Melisa, al ver a los dos tipos salir como perros rabiosos, en lugar de retroceder, avanzó para encararlos.
Hilario, confiado en su tamaño, levantó el azadón y lanzó un golpe brutal contra Melisa. La fuerza que le metió dejaba claro que quería matarla.
¡Pero Melisa fue mucho más rápida y ágil! Se hizo a un lado, esquivando el filo con facilidad, y se metió directo en la guardia de Hilario.
Hilario solo sintió un dolor punzante en las muñecas. Antes de darse cuenta de lo que había pasado, ¡el azadón ya no estaba en sus manos!
Melisa agarró el palo del azadón con firmeza y, sin dudarlo ni un segundo, le enterró la punta de madera directo en la boca del estómago.
—¡Ugh! —A Hilario se le salieron los ojos de las órbitas. Sintió que se le revolvían las tripas, cayó de rodillas al instante y empezó a arquear, retorciéndose de dolor.
Justo en ese momento, el palo del hermano menor venía bajando directo hacia la nuca de Melisa.
Como si hubiera previsto el ataque, ella se agachó sobre su propio eje y lo esquivó con total facilidad.
Aprovechando el impulso, ¡barrió el azadón hacia atrás!
¡Zaz! La dura madera impactó con precisión detrás de las rodillas del tipo.
—¡Ay, cabrón! —gritó, perdiendo el equilibrio y azotando de rodillas contra el suelo.
Melisa no se detuvo a pensar; se dio la media vuelta, levantó la pierna y le estampó la dura suela de su zapato en toda la cara.
Hilario logró recuperar un poco el aire y se abalanzó de nuevo contra Melisa. Al ver esto, el menor se metió corriendo a la casa, sacó una escopeta y le apuntó.
La chica golpeada reunió las pocas fuerzas que le quedaban, levantó la cabeza y gritó hacia la ventana rota: —¡Trae un arma!
Pero al segundo siguiente, la esposa de Hilario la agarró de las greñas y ambas empezaron a forcejear en el piso.
Al ver la escopeta, Melisa desechó cualquier idea de tener piedad. De una patada lo hizo doblarse hacia adelante, le sujetó la cabeza con ambas manos y le dio un torzón brutal.
Un espantoso crujido resonó en la noche. La mirada de Hilario se quedó vacía y su cuerpo se desplomó como un costal.
—¡Ahhh! ¡Lo mató!
Melisa entró a la casa y vio a la esposa de Hilario encima de la otra muchacha. Justo cuando la mujer iba a apuñalarla en la cara, Melisa dio dos pasos, agarró una silla que estaba a la mano y se la rompió en la espalda con todas sus fuerzas.
La mujer soltó un chillido de dolor y cayó al piso. La anciana que iba a ayudarla fue frenada en seco por la voz fría de Melisa: —Tus hijos están muertos, ¿no vas a ir a verlos?
La vieja se quedó pasmada. Corrió a la puerta, vio los cadáveres tirados en el lodo y rompió a llorar a gritos.
Melisa jaló otra silla y se sentó. La chica, que seguía tirada en el rincón intentando recuperar el aliento, habló primero: —A mí me trajeron con engaños el año pasado. Me llamo Yaret, estudiaba en la Universidad de Brusto.
Melisa, que ya había sacado sus propias conclusiones, se apoyó la barbilla en la mano y preguntó: —Por lo visto eras buena estudiante. No pareces tonta. ¿Cómo fue que te engancharon?
Yaret le clavó una mirada llena de odio a la mujer que seguía retorciéndose en el piso. —Ella trabajaba despachando comida en la cafetería de mi universidad. Su verdadero nombre es Joaquina Escandón. Decía que no tenía estudios y que tenía que mantener a su mamá enferma y a un hermano discapacitado. Yo le creí. Empecé a ir a su ventanilla siempre que iba a comer y terminamos haciéndonos amigas.
Yaret se puso de pie, temblando de rabia, y señaló a la mujer: —¡Pero todo fue una mentira! ¡Se hizo la víctima para darme lástima y ganarse mi confianza! ¡Todo lo hizo para poder secuestrarme algún día, traerme a este maldito cerro a parirle mocosos a estos cerdos y para ser el juguete de los ricos que vienen para acá!
—Lo que no me cabe en la cabeza es que ella me contó que también la habían traído a la fuerza. ¿Por qué demonios les ayudaba a estos infelices? —Yaret estaba tan fúrica que se acercó y le dio un pisotón en la espalda—. ¡Todo es por tu culpa! ¡Me truncaste la universidad! ¡Me arruinaste la vida, maldita perra!
Melisa entrecerró los ojos. —¿Ricos? ¿Juguete?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA