Dani levantó a la mujer del suelo con brusquedad, presionándola contra la mesa por el cuello con una sola mano. La fuerte sensación de asfixia la hizo reaccionar, y empezó a forcejear desesperadamente.
Melisa tomó un cuchillo para fruta y lo clavó a escasos centímetros de los dedos de la mujer, dándole tal susto que se quedó inmóvil.
—Te haré una pregunta: ¿cuántos años tienes?
—Treinta... treinta y cinco.
Melisa le examinó el rostro. Aunque se notaba el paso del tiempo, sus facciones la hacían lucir más joven; no era de extrañar que nadie sospechara de ella.
—Dime, ¿cuánto tiempo llevas trabajando para Yago? —preguntó Melisa.
Joaquina no respondió. Melisa bajó el cuchillo hacia sus dedos y la mujer soltó un alarido de terror.
—¡Diez años! ¡A los diez años! ¡Me vendieron a la familia de Hilario cuando todavía era una bebé para que me criaran como su futura esposa! ¡Hace años, la familia de Hilario manejaba una fábrica de tintorería junto con Yago! ¡Mi trabajo era usar mi cara de niña buena para engañar a la gente de afuera!
—¿Alguna vez has secuestrado a algún niño? —cuestionó Melisa.
—Yo... no me acuerdo.
Apenas terminó de hablar, Melisa le rebanó la punta de un dedo sin inmutarse.
—Te quedan nueve oportunidades para seguir mintiéndome.
—¡Ah! —gritó Joaquina, retorciéndose de dolor. Con la voz quebrada, confesó—: ¡Sí! ¡Una vez me traje a una niña! ¡Tenía diecisiete años cuando Yago me ordenó robarla del orfanato del municipio de Santa Emilia! ¡En ese entonces yo estaba ahí como voluntaria por un día!
Melisa tamborileó los dedos sobre la mesa, dejando pequeñas manchas de sangre en la madera.
—Ya veo, ¿y luego qué pasó?
Joaquina, entre sollozos, respondió:
—No lo sé, te lo juro que no sé qué pasó después. Solo le entregué la niña a Yago, firmé un acuerdo de confidencialidad, agarré el dinero y me desentendí. Tiempo después, solo escuché el rumor de que la hija de Yago había muerto.
Melisa sacó el cuchillo de la madera y empezó a jugar con él entre las manos.
—¿Su hija murió?
—En el pueblo decían que su esposa, intentando escapar, mató a golpes a la niña que tenían en común —explicó Joaquina—. Yago molió a golpes a su mujer hasta dejarla loca. Pero solo yo sé la verdad: era imposible que esa fuera su hija. Era la niña que yo había secuestrado en Santa Emilia. Al parecer, esa pequeña venía de una familia importante. Él usó el cadáver para cobrar una recompensa. Poco tiempo después, se convirtió en el alcalde y se volvió el cacique de toda esta zona.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA