Melisa lo pensó un momento y, justo cuando levantó la mano para tocar, la puerta se abrió.
El hombre salió con una bolsa de basura en la mano, llevaba una toalla negra atada a la cintura y el torso desnudo, dejando a la vista innumerables cicatrices.
Las gotas de agua resbalaban por sus anchos hombros hasta su abdomen marcado, perdiéndose en la toalla.
El ambiente se volvió tenso al instante.
Dani clavó su mirada oscura y profunda en ella.
—¿Qué pasa?
La bolsa negra que Melisa llevaba en la mano se sacudió y salpicó un poco de agua.
Ella bajó la mirada, se la entregó a Dani y fingió tranquilidad: —Tu regalo de cumpleaños.
—¿Mi regalo de cumpleaños? —repitió Dani, y luego apretó la mandíbula—. ¿Te lo dijo Renato?
De verdad no quería mostrarle a Melisa su lado vulnerable, esa parte suya que anhelaba el afecto de su familia y ser tratado como un igual.
—¿Vas a querer mi regalo o no? —preguntó Melisa.
—Espérame tantito —respondió él.
Cerró la puerta de golpe. Sin embargo, las puertas de la zona residencial militar no aislaban bien el sonido, así que Melisa pudo escuchar el ruido de botellas y envases moviéndose adentro.
Supuso que esa noche él ya se había tomado sus buenos tragos estando solo.
A los dos minutos, Dani salió con otra bolsa de basura, la dejó en el suelo y tomó el «regalo de cumpleaños» de Melisa, haciéndose a un lado para dejarla pasar.
Como no tenía pantuflas para visitas, Dani le ofreció las suyas. —Ponte mi calzado, aquí no hay calefacción y el piso está helado.
Melisa le hizo caso y se puso las pantuflas, que le quedaban enormes. —Últimamente ha bajado mucho la temperatura.
Adentro hacía más frío que afuera. Al ver a Dani a medio vestir, ella frunció un poco el ceño.
—Sí —Dani se acercó a la pared y encendió la calefacción—. Como siempre tengo calor, no lo había prendido. Ahorita se calienta.
—Ya lo sé —dijo Melisa—, son las toxinas de tu cuerpo haciendo efecto. Eso hace que tu temperatura corporal se sienta más alta que la de los demás, pero si no te abrigas, igual te vas a enfermar.
—Entendido, doctora. Ahorita me visto —Dani notó un fuerte olor a pescado en la bolsa. Al abrirla, levantó una ceja.
Adentro había un pescado negro que todavía se movía. En otra bolsa traía un rábano, un buen trozo de costilla y un paquete de pasta fresca.
Se quedó sin palabras por un segundo y luego soltó una carcajada. —Es la primera vez que recibo un regalo tan peculiar: un pescado vivo, un rábano y unas costillas...
Al ver su sonrisa, Melisa encogió los dedos de los pies dentro de las pantuflas. Sí, era un regalo bastante feo, pero no dejó que la pena se le notara en la cara. —Tuvo su razón de ser. ¿Ya cenaste?
—No —contestó Dani.

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