Renato se rascó la cabeza.
—No, nada de eso. Lo que pasa es que hay algo... y no sé si deba decírselo.
Melisa volvió a tomar la pluma y siguió anotando sus datos.
—Si no sabes, mejor no digas nada. Estoy ocupada, te cuelgo.
—¡Sí, sí se lo digo! ¡Hoy es el cumpleaños del coronel! —soltó Renato de golpe, escupiendo todo lo que traía atorado—. Pero la señora Jéssica nomás se acordó del cumpleaños de Matías, su hijo menor, y se olvidó por completo del coronel. Ahorita anda solo en su casa, y la neta me da mucha tristeza, por eso le llamé a usted.
Melisa detuvo la pluma.
—¿Está solo?
—Doctora... si es que no está muy ocupada —Renato tragó saliva—, hágase un tiempito para apapachar a nuestro coronel, de verdad que da lástima. La señora Jéssica preparó un banquete para celebrar a Matías, y al coronel nada más lo invitó a comer como un extra.
Melisa soltó la pluma, se puso de pie, abrió el clóset y empezó a revisar su ropa.
—Ah, ¿y ya se fue a la cena de cumpleaños de Matías?
—N-no, para nada. Se regresó al complejo habitacional del ejército, ahí tiene su departamento.
—Ya veo.
Fue lo único que alcanzó a escuchar Renato antes de que le cortaran la llamada.
Se quedó con los nervios de punta. Esos dos habían pasado juntos por varias broncas, tenían sus roces, ¿seguro iba a ir la doctora? Ojalá le hubiera echado la mano al coronel esta vez.
Melisa se cambió y salió de casa. Desde la Casa de la Fuente Dorada hasta el centro había un buen tramo, y como ya era tarde, decidió estacionarse cuando vio una pastelería en el camino.
Empujó la puerta. Los empleados ya estaban a punto de cerrar. Solo quedaba un pastel en el exhibidor, con la etiqueta de "Oferta del día".
Era un pastel infantil con forma de osito, bastante tierno. A decir verdad, era demasiado ridículo para alguien como Dani.
—¿Tienen alguno para adultos, aparte de este? —preguntó Melisa.
La empleada sonrió apenada.
—Si se lo quiere llevar hoy mismo, es el único que nos queda. El panadero terminó su turno a las cinco. Si no le urge, podemos hacerle uno sobre pedido para mañana en la tarde.
Pero para entonces ya se habría pasado el cumpleaños.
—Me llevo este, entonces —señaló Melisa.
La empleada asintió con una sonrisa.
—Ahorita se lo empaco.
Melisa se hizo a un lado a esperar. De pronto, un viejito con la ropa llena de tierra entró a toda prisa, preguntando angustiado:

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