[Jefa, sospecho mucho que esto es obra de Grupo Aris. Hacen lo que sea para vender armas. Les arruinamos su gran promoción y eso los dejó con un montón de inventario estancado, además de que les devolvieron muchos pedidos. Seguro se inventaron esto para provocar una guerra y de paso tumbar al coronel Soto de su pedestal. Me da que Grupo Aris le tiene bastante miedo.]
Melisa solo le contestó con una oración:
[Dile a Ruiseñor que prepare un helicóptero.]
Un helicóptero modificado aterrizó en la isla a medianoche, luchando contra el fuerte viento.
Ruiseñor le sostuvo el paraguas a Melisa.
—¿A dónde vamos, jefa?
—Cerca del puerto militar de Santa María.
El buque de Dani regresaría directo a ese puerto para reabastecerse. Melisa necesitaba ir. Un error de juicio había costado la vida de treinta personas y sabía que la presión que sentía ese hombre en ese momento debía ser enorme.
Estaba un poco preocupada.
Porque no era culpa de él, había hecho lo mejor que pudo.
El helicóptero de Ruiseñor no podía ingresar a espacio aéreo militar, así que tras aterrizar en las cercanías, se cambiaron a un coche privado de los Núñez.
El vehículo aceleró a fondo rumbo al puerto militar.
Amparados por la noche, numerosos medios de comunicación ya se habían enterado de la tragedia y se aglomeraban a las afueras del puerto, intentando captar la llegada de los restos del pesquero.
Un guardia de la entrada detuvo a Melisa; la reconoció de inmediato.
—Señorita Serrano, ¿trae su pase de acceso?
Melisa se asomó por la ventanilla.
—No. Por favor, avise a sus superiores que vengo a revisar el equipo médico del buque de rescate.
—¿A estas horas? —dudó el soldado, pero pronto cayó en cuenta. Ella era la mujer que el coronel naval había reconocido como su novia. Entendió de inmediato a qué venía realmente.
Además, todos los equipos del barco médico de la marina habían sido diseñados por la propia Melisa; su palabra tenía peso y no convenía meterse con ella.
El soldado se dio la vuelta para hacer una llamada y luego de echarle un par de miradas al carro de Melisa, regresó.
—Tiene autorización para pasar.
Una enfermera militar la esperaba cerca del puerto. Al verla bajar del auto, se acercó de inmediato con un paraguas.
—¡Señorita Serrano!
Desde adentro se escuchaban las órdenes apresuradas del personal médico y el pitido monótono de los monitores.
Apenas la enfermera abrió un poco la puerta, alguien gritó desde el interior:
—¡Despejen el área! ¡El paciente está crítico!
Melisa hizo oídos sordos y se metió por la rendija.
La sala de urgencias era un caos. Varios médicos militares y enfermeras rodeaban la mesa de operaciones. La persona que yacía allí era irreconocible; el lado izquierdo de su cuerpo estaba completamente destrozado y las líneas en el monitor de signos vitales eran tan débiles y erráticas que parecía que en cualquier segundo se volverían planas.
Un médico veterano estaba intentando hacer compresión para detener la hemorragia, pero la herida era tan grande que la sangre no dejaba de brotar.
Tenía la frente empapada de sudor y habló con voz pesada:
—¡No se puede! Quemaduras de más del ochenta por ciento, de tercer grado, con trauma por onda expansiva. ¡Múltiples rupturas internas, no le sube la presión! ¡Adrenalina!
—Déjenme revisar —soltó Melisa con voz clara y serena, sonando completamente fuera de lugar en aquel alboroto.
El médico levantó la cabeza, molesto, listo para mentar madres, pero reconoció esa cara.
—¿Tú?

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