Melisa asintió y señaló otros puntos clave en la foto.
—Fíjate cómo el metal de estas placas cede hacia afuera, y mira los bordes de estos tubos rotos. Estallaron desde el centro hacia los extremos. ¿Qué te dice esto?
Dani esbozó una sonrisa fría.
—Que antes de que el torpedo le diera, hubo una explosión adentro de Las Palmeras.
Melisa lo miró a los ojos, con una chispa de astucia que parecía haber resuelto el enigma.
—Eso explica por qué la señal del barco empezó a fallar y desapareció al final. No fue solo por la tormenta, la explosión les voló el motor y las antenas. Y dime tú, ¿por qué crees que el submarino enemigo lo interceptó de manera tan oportuna y lo clasificó como barco espía?
Dani no dudó ni un segundo; le siguió el hilo a la perfección.
—Porque antes de hundirse, el Victoria ya se había quedado sin potencia y su rumbo era inestable. Si los radares del submarino detectaron un barco moviéndose de forma sospechosa en aguas conflictivas, tenía todo el perfil de una nave de espionaje o una amenaza militar. Su excusa para hundirlo es totalmente válida.
Pensándolo fríamente, si él hubiera estado en el lugar del enemigo, habría hecho exactamente lo mismo.
A Melisa también se le dibujó una sonrisa. Daba gusto platicar con alguien tan listo y que estuviera en su misma sintonía.
—Entonces alguien le puso una bomba al barco desde antes. ¿Pero quién? —Dani se recargó en el sillón, tamborileando los dedos sobre la pierna, con la mirada clavada en el vacío.
Melisa se apoyó la barbilla en la mano para pensar. Un momento después cruzaron miradas, y ella rompió el silencio.
—Cuando fuiste a dar la cara ante los familiares, ¿quién era el que más estaba haciendo argüende?
—Noé, el hermano del segundo oficial del Victoria. Vive en San Puerto y su madre tiene problemas renales. Fíjate que hace apenas un par de días, una fundación le pagó el tratamiento en el extranjero.
—Vaya casualidad —ironizó Melisa.
—Investigué la fundación —continuó Dani—. Está a nombre de Vera Mijares, la hija de Ramiro Mijares, que es el director de Inteligencia, y sobrina de Iván, el Secretario de Defensa.
Melisa alzó una ceja.
—¿Vera, la embajadora de la protectora de animales? Qué pequeño es el mundo de los contactos privilegiados.
—Creo que hasta fue a tu fiesta de gala —comentó él.

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