—Julio —intervino Benedicto, dándole un paso al frente para escudar a Melisa—. Mi familia tiene negocios pendientes con la señorita Serrano y acabo de hacerme amigo suyo. Te sugiero que no hagas estupideces.
Claudia, atrapada en medio del enredo, intentó arreglar la metida de pata. Jaló de la manga a Julio y le dijo:
—Fue mi culpa, me confundí por la oscuridad del lugar. Además, ahora mismo no me conviene tener problemas con Melisa. Déjalo así, el error fue mío.
Julio la vio y sintió una mezcla de lástima y confusión. Sin embargo, llevaba tantos años enamorado de ella que la tenía idealizada por completo; no podía ver cómo era realmente. Así que solo la abrazó para guiarla hacia la zona de sillones y, de paso, le dijo a Benedicto:
—Todo fue un malentendido. Ahorita pido que nos traigan otras bebidas. Vamos a sentarnos.
Mientras Julio se la llevaba, Claudia alcanzó a ver de reojo cómo Melisa le entregaba una tarjeta a Benedicto e intercambiaban un par de palabras. Eso le hizo hervir la sangre.
«¡Qué descaro! ¡Ya tiene a Dani y todavía quiere enredarse con Benedicto!», pensó.
Lo que Melisa en realidad le dijo a Benedicto al darle su tarjeta fue:
—Si llegas a sentir algún malestar, búscame en el Hospital de los Santos.
Se había dado cuenta de que él padecía alguna enfermedad. Su piel era excesivamente pálida y, aunque sus ojos aparentaban calma, en realidad denotaban mucha inestabilidad. La tranquilidad que mostraba en ese momento no era más que puro autocontrol.
Benedicto aceptó la tarjeta, pero ya no tenía ganas de volver a la mesa.
—No me interesa convivir con la tipa hueca que le gusta a Julio, prefiero dejarles el espacio libre a esos dos. ¿Te molesta si te acompaño a tomar algo?
—Puedes integrarte con mis empleados un rato, yo tengo que verme con un amigo —sugirió Melisa.
—Me parece bien —aceptó.
Al ver que Benedicto no regresaba, Claudia se empezó a impacientar, por mucho que Julio le estuviera echando flores y atendiéndola de lujo.
—¿No va a venir el señor Leite? —preguntó al fin—. Me gustaría pedirle una disculpa en persona por haberme portado así.
Dicho esto, a Claudia se le salieron las lágrimas.
—Es que te juro que todo lo que ha pasado últimamente me trae los nervios destrozados.
—Ya sé, ya sé —la consoló Julio, abrazándola con ternura—. Melisa te puso una trampa; lo único que quiere es robarte protagonismo y pisotearte para quedar bien.
Con los ojos llorosos, Claudia le dio un trago largo a su copa.
—Tráelo, por favor. Necesito disculparme.
Ante esa mirada suplicante, Julio no dudó en mandar a alguien a buscar a Benedicto. Sin embargo, el mesero regresó con cara de preocupación a darle la respuesta.
—El joven dice que no está de buen humor y que le duele el estómago. Me pidió que les dijera que la está pasando muy bien platicando con la señorita Serrano y que de favor no lo molesten.
En realidad, Benedicto solo había ido al bar para ayudar a Julio y conseguir que Claudia aceptara la invitación; no era más que un pretexto.
Pero Claudia lo veía de otro modo. Al escuchar que Melisa se lo había llevado, sintió una oleada de celos y resentimiento.

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